EDITORIAL
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Carreteras al límite: responsabilidades políticas y desidia

Frente al empeño en cubrirla de relatos, la seguridad vial precisa asfalto, señalización y vigilancia.

Carreteras al límite: responsabilidades políticas y desidia
Guardia CivilEFE
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España circula hoy con un riesgo añadido: el deterioro acelerado de sus carreteras. Más allá de las circunstancias estacionales, estamos ante el resultado de años de desinversión que han llevado a la red a su peor estado desde finales de los 80. Los datos son elocuentes: más de la mitad de las vías necesita mejoras y decenas de miles de kilómetros requieren una reconstrucción urgente. Con un parque automovilístico envejecido y el 96% del transporte de mercancías moviéndose por carretera, el abandono se ha convertido ya en un problema estructural de nuestro país.

El temporal de estas semanas no ha hecho sino hacer emerger un problema que estaba latente. La lluvia multiplica baches y socavones, oculta boquetes y dispara los reventones de ruedas. La respuesta habitual de las administraciones se resume en conos, señales amarillas y límites de velocidad: medidas defensivas como parches mientras el firme se descompone. Pero cada euro que no se invierte hoy se transforma en un desembolso muy superior al cabo de pocos años. Mala gestión y, como resultado, más gasto.

El Ministerio de Transportes, que tiene una responsabilidad principal, no puede escudarse en la meteorología. La dimisión de la directora de Conservación en plena crisis es un síntoma de desorden. Y, si además el Gobierno opta por priorizar las ofertas más baratas frente a la calidad en las contrataciones para el mantenimiento y conservación de las carreteras, se estará institucionalizando el deterioro. Porque, si hablamos de mantenimiento, la experiencia nos demuestra que lo barato suele salir carísimo. Dado que la cadena de mando termina en Óscar Puente y que esta situación se suma a la catastrófica crisis ferroviaria tras el accidente de Adamuz, el ministro ha de asumir responsabilidades políticas.

España ha sabido inaugurar grandes infraestructuras y, sin embargo, en los últimos años demuestra una incapacidad llamativa para mantenerlas. Es necesario un plan plurianual transparente y evaluable, con prioridades técnicas y financiación suficiente. Frente al empeño en cubrirla de relatos, la seguridad vial precisa asfalto, señalización y vigilancia. Lo demás es jugar con vidas.