Las elecciones en Aragón han dibujado un mapa en el que las tendencias electorales del país se muestran más agudizadas que nunca: desastre histórico del PSOE, en este caso de la candidata que ejerció como portavoz de Pedro Sánchez; victoria clara del PP y auge indiscutible de Vox. Sin embargo, el retroceso de los populares, que pasan de 28 a 26 escaños, supone una novedad que Génova está obligada a analizar.
Tras no lograr aprobar nuevos presupuestos, Jorge Azcón decidió adelantar los comicios. Su propósito era facilitarse la gobernabilidad, no complicársela. La cita se inscribe además en una estrategia nacional de permanente ciclo electoral con la que el PP busca desgastar a Sánchez -Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía- e impulsar a Alberto Núñez Feijóo en su carrera hacia La Moncloa. La lectura política de este domingo no puede desatender esa doble perspectiva.
Es cierto que en Aragón, como en Extremadura, la derecha concita hoy más del 50% de los votos. Además, el centroderecha liberal ha ganado con un respaldo nítido (34%), impensable en la mayor parte de Europa. Con todo, el PP no ha cumplido con sus propias expectativas. Si bien Azcón tenía un balance de gestión intachable para haber ofrecido a los ciudadanos certeza a institucionalidad, de forma compatible con la fuerza que exige la oposición a Sánchez, hubo demasiados elementos a lo largo de la campaña que desdibujaron ese perfil.
El resultado es que el PP ha bajado un 1,24% y ha perdido dos diputados. El partido se equivocaría si no extrajera aprendizajes de lo sucedido. Explotar aquello que los ciudadanos esperan de él le ofrece más garantías que confundir ese mensaje con la confrontación sentimental y bronca contra el sanchismo.
En el campo de la izquierda, la debacle del PSOE -y de Podemos- no admite matices. Replica su peor resultado en escaños (18), y lo hace ya no con un candidato inviable como el imputado Miguel Ángel Gallardo: el fiasco de Pilar Alegría es el fiasco de Sánchez, quien la impuso frente a la corriente de Javier Lambán enviándola a Aragón desde el Consejo de Ministros. En una autonomía que lideraron durante décadas, los socialistas se autodestruyen como alternativa de gobierno. El proyecto del PSOE es ya sólo el de Pedro Sánchez, lo que aboca al partido a un desgarro creciente en las regiones que más se parecen a España.
Más allá de la visión nacional, los resultados en las urnas indican que la mayoría de los votantes espera un acuerdo entre el PP y Vox, cuya relación debe hacerse operativa para facilitar la gobernabilidad. Los populares tienen la responsabilidad de traducir su victoria en estabilidad, pero Vox también está interpelado. Al doblar sus escaños (hasta los 14), el partido de Santiago Abascal ha obtenido la suficiente representación como para tener que afrontar responsabilidades reales de gobierno. El grito de la antipolítica no basta.
