En un tono de cordialidad que nada tuvo que ver con el trato que dispensó Donald Trump a Volodimir Zelenski en su primera reunión, el pasado mes de febrero, ambos mandatarios mantuvieron un último y más fructífero encuentro el domingo, en la residencia de Mar-a-Lago del estadounidense. Las conversaciones han avanzado sin duda durante este tiempo, pero el camino que queda por recorrer aún presenta importantes incógnitas. La ausencia de acuerdos concretos y la dificultad de definir un escenario territorial que no humille a Ucrania y garantice su seguridad, así como la deferencia que Trump sigue mostrando hacia Vladimir Putin, con quien ha hablado por teléfono antes y después de recibir a Zelenski, son obstáculos que no pueden minimizarse.
Rusia, además, volvió ayer a tensar las negociaciones al acusar a Ucrania de intentar atacar la residencia de Putin y de ejercer el «terrorismo de Estado». Aunque Trump tuvo esta vez buenas palabras para Zelenski, los mayores elogios se los volvió a llevar el presidente ruso, de quien llegó a decir que es «muy generoso» y que «quiere ver que Ucrania tenga éxito».
La realidad que continúan padeciendo cada día los ucranianos es muy distinta. De hecho, Moscú rechazó la oferta de un alto el fuego navideño e intensificó sus ataques con misiles y drones en vísperas de la reunión entre Zelenski y Trump. Como lamentó el presidente ucraniano, fue «una clara señal de cómo conciben realmente la diplomacia». Uno de los mayores obstáculos para lograr una paz justa y duradera es que Moscú no ha variado ninguna de sus condiciones, las cuales obligarían a Ucrania a ceder de manera definitiva parte de su territorio, reducir su Ejército y renunciar a formar parte de la OTAN.
El segundo plano al que ha sido relegada Europa, consecuencia de su dependencia estratégica de EEUU en materia defensiva, tampoco augura que pueda lograrse pronto un acuerdo justo y estable para Ucrania, país que sigue siendo víctima de una invasión ilegal e ilegítima de la que se cumplirán cuatro años en febrero.
