EDITORIAL
Editorial

Un división desoladora

El fracaso en la negociación sobre Ucrania y Mercosur evidencia una inquietante falta de liderazgo en la Unión. Si Europa no avanza hacia la integración política lo hará hacia la irrelevancia internacional

Ursula von der Leyen, junto a Friedrich Merz en Bruselas. AFP
Ursula von der Leyen, junto a Friedrich Merz en Bruselas. AFP
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El Consejo Europeo acabó el jueves con la desoladora imagen de una Unión incapaz de convertir dos de sus principales palancas de poder -los fondos rusos congelados y el acuerdo con Mercosur- en activos estratégicos frente a sus rivales. En ambos casos, los Veintisiete optaron por la salida menos audaz, lanzando un peligroso mensaje de resignación, temor, falta de liderazgo y debilidad frente al imperialismo de Putin y la guerra comercial de Trump.

En el caso de Ucrania, la UE optó por mutualizar el riesgo entre los contribuyentes en vez de lanzar una advertencia inequívoca a Moscú haciéndole pagar la factura de la invasión. Respecto a Mercosur, aplazó a enero, por temor al coste interno, una ambiciosa apertura de mercados que contribuiría a amortiguar el daño de los aranceles estadounidenses. El balance final es dramático: Europa no actúa como un solo bloque con voz propia, sino fragmentada en 27 pequeños Estados replegados en intereses nacionales cortoplacistas.

El fiasco de los activos rusos es revelador. La UE disponía de una herramienta de presión real en una fase crítica de la guerra. En lugar de usarla, ha apostado por emitir deuda común para sostener el esfuerzo bélico de Ucrania: una solución que si bien reafirma el compromiso con Kiev y puede ser eficaz para blindar su defensa, supone renunciar a una poderosa herramienta de disuasión frente a Rusia.

El retraso del pacto con Mercosur es también dañino. No se trata de un acuerdo comercial más, sino de una vía para abrir el mercado a 700 millones de potenciales clientes y anclar la seguridad jurídica en un mundo de competencia feroz. Bloquearlo tras 26 años de negociación por presiones sectoriales -una fracción mínima de la producción- no sólo es una muestra de miopía política, sino la constatación de que la UE es impotente a la hora de traducir sus propias fortalezas en prosperidad e influencia real.

Ambos episodios desnudan una estructura institucional agotada, incapaz tanto de abordar las urgentes reformas delimitadas en los informes Letta y Draghi como de tomar las riendas de su seguridad. El caso español ilustra esa falta de coherencia: en Mercosur, el Gobierno ha actuado con conciencia del valor estratégico de la apertura; en defensa, en cambio, y movido solo por intereses partidistas, se ha convertido en una parte importante del problema.

La conclusión es clara: faltan liderazgos con caudal político para tomar decisiones valientes. La consecuencia es que la UE se percibe como un espacio institucional sin legitimidad al precio de una fragmentación permanente y de la erosión de sus valores. O Europa avanza hacia la integración política o lo hará hacia la irrelevancia internacional.