España encadena varios años de intensa creación de empleo, pero el envés que dibuja el informe de FOESSA para Cáritas es inequívoco: nunca tantos trabajadores habían vivido en condiciones tan precarias como ahora. La tasa de ocupación mejora, sí, pero la calidad del empleo es hoy un 26% inferior a la media de la UE, además de la peor del continente en ingresos y estabilidad. Este contraste entre la magnitud del empleo creado y su ínfima calidad revela el fracaso de las políticas que el Gobierno presentó como grandes palancas de cambio -la reforma laboral y las sucesivas subidas del salario mínimo- y que no han logrado corregir la fragilidad estructural del mercado de trabajo.
Casi 11,5 millones de personas están atrapadas en la inseguridad laboral. La mitad de quienes trabajan a tiempo parcial lo hacen de manera involuntaria y cobran hasta un 29% menos por hora. Más de un tercio de quienes sufren exclusión moderada o severa tiene empleo, prueba de que hoy trabajar ya no garantiza integración ni estabilidad. La clase media se contrae y España se sitúa entre los países más desequilibrados de la UE.
Corregir este rumbo exige políticas que afronten la raíz del problema -productividad, formación, estabilidad real- y no solo el relato triunfalista. Porque la economía no progresa cuando crece el empleo precario, sino cuando éste mejora la vida de quienes lo sostienen.
