«Al presentarse, una joven de campo dice su nombre, su apellido, el nombre de su pueblo, cuántas personas forman su familia y cuánto miden las tierras de su padre. Estos dos últimos datos son los más elocuentes respecto a su situación». Así arranca Campesinas. La historia de nuestras abuelas (Temporal Casa Editora), una escalofriante obra en la que, con nervio periodístico y sensibilidad poética, la escritora polaca Joanna Kuciel-Frydryszak narra las miserables condiciones en las que han sobrevivido las mujeres a lo largo del siglo XX. Más de un millón y medio de habitantes de zonas rurales fueron sometidos al trabajo forzado y esclavo bajo el Tercer Reich. En la Polonia de entreguerras, el 40% de las mujeres rurales eran consideradas «prescindibles». Aunque centrado en la Polonia rural, su relato interpela a todo el suelo europeo. La autora reconstruye la vida de mujeres sometidas a la obediencia de un orden patriarcal férreo. No hay épica romántica de aquel campo, «un lugar en el que el hambre es más fácil de olvidar que la vergüenza». Hay mujeres «sacerdotisas del hogar»: pobres, esclavas, sumisas, analfabetas e inmigrantes en virtud de «un rol de burras de carga». Hay matrimonios de conveniencia: «la gente se casaba con las tierras». Hay silencios heredados, maternidades forzadas y abortos practicados introduciendo «estiércol de caballo y de cerdo» en la vagina. Estremece leer el acopio de testimonios que Kuciel-Frydryszak reúne no solo para mostrar la violencia y el menosprecio de un pasado reciente, sino para explicar que la resistencia cotidiana de aquellas mujeres está en la base de las libertades que ahora reivindicamos cada 8-M.
La memoria colectiva en la que ha indagado la periodista polaca está plagada de páginas que podrían extrapolarse a la España franquista. Por ejemplo, la propaganda oficial: «Los campesinos son la fuerza de la nación polaca», titulaba el Diario de Pomerania en 1937. Los pueblos son «el vivero eterno de la esencia española», solía proclamar Franco. O el pastoreo infantil, que llevaba a «las familias pobres a entregar a sus hijos a los campesinos más ricos», aunque solo fuera para que pudieran comer. Esa práctica atroz ha estado vigente en Galicia hasta hace pocas décadas. No recordamos días, recordamos momentos, escribió Pavese. Ninguna de las brechas que ahondan en la desigualdad de género, que también es territorial, puede suturarse sin conocer antes el averno del que venimos.

