Nuestro presidente está en guerra. Pero nuestro presidente es progresista: él le hace la guerra a la guerra. Así que nuestro presidente está en la paz. Pide la paz y pide la palabra, a ser posible sin preguntas de periodistas independientes ni de portavoces parlamentarios. Con la sonora belleza de una Miss Universo arrimada a un micrófono, alma bella en bello cuerpo, el profeta del oasis español clama en el desierto de este mundo facha que guerrea con furia épica, ávida de petróleo y ayuna de piedad, que ha dado su negra espalda a la diplomacia. Que prefiere "misiles a hospitales" (sic). Que repatriará a los pijos de los Emiratos y protegerá a los humildes que repostan en nuestras gasolineras. No hemos de temer represalias comerciales, aunque caminemos por el valle de las sombras, porque su vara y su cayado nos sostienen.
El confeti verbal de Pedro cae en forma de octavillas sobre el lado correcto de su muro. Y humedece el nostálgico corazón de la izquierda sentimental que hace dos décadas se movilizó contra Trump (perdón, contra Bush) para impedir que ganara Aznar (perdón, Feijóo) con la inestimable colaboración de ciertos trenes reventados por el yihadismo a tres días de las elecciones.
Aquello funcionó solo porque el PP llevaba entonces tanto tiempo gobernando (desgastándose) como el PSOE ahora, y Zapatero parecía una promesa y no un comisionista. Pero hasta el interior del búnker no llega la razón: solo la onda expansiva del amor propalado a los cuatro vientos por el ídolo de Sarandon. Del penúltimo ayatolá al becario recién enchufado en TVE, los progresistas desunidos del Estado español comienzan a reagruparse para la lucha final. Regularizados los migrantes, desclasificado el 23-F y amortizado el aborto, faltaba el conejo blanco del No a la Guerra emergiendo de la chistera presidencial forrada de teflón. El conejo ha sido traído expresamente hasta Moncloa esta semana con fines recreativos, antes de que también la magia verbenera sea prohibida por Bustinduy. Ministros y tertulianos se sincronizan para ver una montaña donde solo hay un ratón. ¿Y qué ve el pueblo abstencionista? ¿Llora o ríe? ¿Llenará las calles, rodeará las sedes del PP, volverá al mágico redil del PSOE?
El viejo Marx contempla escéptico la escena, este efímero despligue de entusiasmo vertical. Menea la cabeza y masculla: "No aprendéis. Estáis a punto de contemplar la repetición de la tragedia como farsa".

