Me revienta cuando me tachan de ingenua por señalar la inutilidad de la violencia como instrumento de justicia, la inmoralidad de la violencia de Estado. Calla, niña, ¿pero qué sabrás tú? Como si bombardear, lanzar misiles, aniquilar, fuera cosa de mayores. Como si existieran intrincadas razones geopolíticas y socioeconómicas que llevan a hacer boum. Como si destruir no fuera un fracaso colectivo. Cuando crezcas, lo comprenderás. Oh, sí, qué adulto es darse de hostias. Y esos nombrecitos: «furia épica» y amenazas con «munición infinita». De verdad, ¿podéis madurar ya? Abuelos poderosos del mundo, ¿cuándo vais a daros cuenta de que la vida no es un videojuego, que el dolor que creáis es real?
Los chicos de 12 años de mi colegio jugaron un día a medirse los penes en el recreo. Y nosotras los espiábamos desde lejos, nos reíamos de lo ridículos, lo tiernos que nos parecían, como si tuviéramos 80 años más que ellos. Creo que ya ha ido bastante lejos la medición.
Lo curioso es que nos tachan de infantiles a los que no creemos en la violencia, cuando yo, en cada autoritario, en cada tirano, veo a un niño traumado al que le robaban el bocadillo, al que su padre despreciaba por no ser más fuerte. Un niño que ha envuelto el trauma en rencor, un rencor impermeable, ignífugo, hidrófugo, que mantiene el trauma fresco como el primer día. Un rencor que él alimenta, que hace crecer, que amenaza con llevarnos al caos. Y así, las bombas van componiendo una sinfonía macabra, respondiendo unas notas a otras, hasta la apoteosis.
¿Pero qué sabrá un inmaduro del verdadero dolor?
Mi amiga Eva ha sufrido bastante en esta vida, y esa es una de las razones que nos hermana, entre muchas. El otro día me contó algo muy duro de su pasado, por favor, esto no se lo cuentes a nadie, me pidió. Claro que no, le prometí, orgullosa de ser la taquilla de sus confidencias. Lo que no le dije, lo que se me olvidó decirle, es que su dolor la hace brillar, y que espero que algún día, en lugar de esconderlo, lo exhiba como un tesoro patrimonial, como esas monedas de oro rescatadas de un galeón hundido en una batalla naval.
Siempre digo que sufrir es un asco pero haber sufrido es la hostia. Cuando la vida te ha arrodillado, cuando has tocado fondo, cuando has estado en el infierno, el mar en calma tiene más calma, el azul del cielo, sin bombas ni drones, es más azul.
Hoy más que nunca son importantes los pequeños gestos, no votar a locos peligrosos llenos de rencor, mostrar solidaridad ante el dolor de los demás. Solidaridad que viene de sólido, de firme, de entero, frente a la descomposición putrefacta a la que aboca el egoísmo. «Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos», decía Apuleyo, hace algo así como hace un millón de años.
La medicación de mi madre ya no encapsula sus delirios, la edad ha hecho que pierda eficacia y algunas noches las pasa gritando, creo que en el mismo idioma en el que grita hoy el mundo.

