En tres días, Sánchez se ha cargado todas las alianzas de política exterior que España fue tejiendo pacientemente durante 30 años: de 1975 a 2004. El infame Zapatero, tal vez desde siempre a sueldo de los enemigos de Occidente -aunque sólo ahora se haya destapado su condición venal-, ya lo intentó desde su llegada al poder, sacando las tropas de Irak de la noche a la mañana en contra incluso de los plazos que había anunciado. Pero su estrepitosa caída, a la que ni siquiera asistió como candidato, nos hizo creer que España volvía a la política de alianzas de la UCD de Suárez y Calvo Sotelo, del PSOE de González y del PP de Aznar. Pero llegó Sánchez, volvió Zapatero de la corrupta mano bolivariana y hemos roto nuestras dos alianzas militares básicas: el vínculo atlántico con EEUU -las bases y la OTAN- y con la Unión Europea, en trance de redefinición.
Ya tienen vía libre nuestros enemigos estratégicos, que, al sur del eje Baleares-Estrecho-Canarias, son Marruecos y la inmigración masiva desde el Sahel, controlada por Moscú. Al vetar ostentosamente el uso de las bases militares de Morón y Rota, nos hemos granjeado la enemistad de EEUU, aliado de Marruecos, lo mismo que Francia, y esas bases eran el único obstáculo serio a sus reclamaciones sobre nuestro suelo. Al negarse a pagar a la OTAN y a unirse al plan nuclear de París ya no hay un solo país que pueda o quiera ayudarnos si Rabat, en peligroso trance sucesorio, ataca Ceuta, Melilla o las Canarias. Que nadie piense que Portugal o Italia van a venir en nuestra ayuda, y menos contra Francia y EEUU, aliados de Rabat. La única baza que teníamos frente al expansionismo marroquí era el Sáhara, y ya se lo entregó Sánchez, por chantaje o por dinero, a Mohamed VI.
En el último medio siglo, Marruecos, militarmente más débil, nos ha atacado siempre que teníamos problemas internos que políticamente podían paralizar una respuesta eficaz. Cuando Franco estaba en las últimas, Hassan II organizó la Marcha Verde. Cien, tal vez 200, 1.000 supuestos civiles que, bajo la chilaba, lucían las botas de uniforme militar, invadieron el Sáhara y forzaron el abandono de El Aaiún prácticamente sin combate. La primera fila de la Marcha exhibía la bandera de Marruecos; la segunda, la norteamericana, para que no hubiera dudas sobre sus padrinos. El Pacto de Abraham, reconociendo a Israel, con Egipto y otros enemigos de Irán, ha reforzado a Marruecos. Sánchez le ha ofrecido ahora lo que quiera tomar.

