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Irán: ¿fin de ciclo?

Para que la oposición iraní se hiciera con el poder, necesitaría la destrucción total de las instituciones del régimen

Manifestantes agitan banderas iraníes durante una protesta contra los ataques de Estados Unidos e Israel en Teherán. AP
Manifestantes agitan banderas iraníes durante una protesta contra los ataques de Estados Unidos e Israel en Teherán. AP
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Trump y Netanyahu han lanzado los dados. A la hora de aclarar el propósito de la campaña de bombardeos, los mandatarios estadounidense e israelí han enviado un doble mensaje. El primero incide en la necesidad de eliminar el programa nuclear y de misiles balísticos iraní. El segundo, más ambicioso e incierto, asegura que los bombardeos buscan erosionar la estructura de poder de la República Islámica y crear las condiciones que permitan a los iraníes lograr un cambio de régimen.

El primer objetivo plantea varias preguntas. La primera es por qué hace falta bombardear Irán de nuevo apenas ocho meses después de una campaña militar de bombardeos que, supuestamente, había neutralizado su programa nuclear. De ser así, ¿la nueva normalidad en la región serán los bombardeos periódicos para mantener a raya el programa nuclear iraní? ¿Un ciclo de destrucción-reconstrucción-destrucción? Netanyahu siempre se mostró más cauteloso que Trump tras la guerra de los 12 días del pasado junio. Israel es consciente de que los ataques compran meses o años de seguridad y paz, pero que, por sí mismos, no pueden acabar con los esfuerzos iraníes por relanzar sus ambiciones nucleares y de misiles balísticos. Aunque en los últimos meses no parece que Irán haya hecho grandes avances en la reanudación de su programa nuclear, las imágenes por satélite sí que evidencian una actividad frenética por reconstituir el programa de misiles balísticos. Irán era consciente de que, para su defensa, los misiles constituían un elemento más urgente y necesario. Mientras tanto, Israel no podía permitirse quedarse de brazos cruzados viendo cómo el arsenal iraní volvía a crecer. Desde el punto de vista de Tel Aviv, es preferible atacar Irán cuando tiene 2.000 misiles que esperar a hacerlo cuando tenga 8.000. Cuanto más tiempo pase, más alto será el precio a pagar en Israel por una guerra con Irán. Se trata de una lógica diabólica: Irán incrementa su arsenal de misiles balísticos con la idea de disuadir un ataque israelí; mientras que Israel, tras observar alarmado el creciente arsenal de misiles, llega a la conclusión de que no le queda más remedio que atacar Irán antes de que sea demasiado tarde.

En último término, Netanyahu es consciente de que la única forma de parar esta dinámica perversa es mediante un cambio de régimen. Mientras exista la República Islámica, Irán no cejará en sus empeños por enriquecer uranio o hacerse con el mayor arsenal de misiles balísticos en Oriente Medio. Solo la sustitución de la República Islámica por un régimen normal reintegrado plenamente en la comunidad internacional puede evitar la consolidación de un escenario en el que Israel se vea obligado cada cierto tiempo, como un jardinero con sus setos, a sacar la cuchilla para mantener a raya el programa nuclear y de misiles en Irán. En las mentes de Trump y Netanyahu, el cambio de régimen es la única solución definitiva al desafío iraní.

Trump es el primer presidente en 47 años que se ha atrevido tanto a lanzar una operación militar ofensiva conjunta con Israel (algo tabú para las administraciones estadounidenses hasta el año pasado) como a atacar directamente a la República Islámica de Irán en su propio territorio. Tras la fallida operación Garra del Águila de Jimmy Carter en 1980, destinada a liberar a los rehenes estadounidenses, ningún presidente, pese a las provocaciones y atentados auspiciados por Irán, se ha atrevido nunca a responder en suelo iraní. La teocracia de los ayatolás, con toda su parafernalia apocalíptica, logró establecer un escudo invisible en torno a sus fronteras, basado en la idea de ser un actor fanático e irracional, dispuesto a ir al martirio (y a llevarse a toda la región con él) si Washington osaba llevar a cabo el más mínimo ataque en sus dominios. Trump quitó la máscara de la propaganda iraní al eliminar al general Soleimani en 2020 y al atacar las instalaciones nucleares en 2025. En ambas ocasiones, Teherán no respondió a sangre y fuego con una orgía de misiles y atentados suicidas que asolaron la región, sino que respondió de forma calculada y simbólica para evitar una escalada militar con Estados Unidos. Lanzando los dados y negando los dogmas de una política exterior estadounidense vigente desde hacía décadas, Trump demostró que la República Islámica, pese a la imaginería mesiánica, era un actor racional y que, pese a la propaganda del martirio, Teherán tenía más miedo de entrar en guerra con Washington que Washington de entrar en guerra con Teherán.

Trump ahora ha vuelto a lanzar los dados en una operación más arriesgada si cabe. Hasta hoy en día no hay muchos ejemplos de casos exitosos en los que se haya podido lograr un cambio de régimen mediante una campaña de ataque aéreo. Al contrario que en Irak en 2003, los aviones estadounidenses no van a ir seguidos de tropas sobre el terreno. Trump deja en manos de los ciudadanos iraníes hacerse con el poder y cambiar el régimen una vez que la polvareda por los bombardeos estadounidenses se haya disipado. Que esto pueda materializarse dependerá en gran medida del éxito de la campaña de decapitación del régimen, así como de la destrucción de todo su aparato represor y propagandístico. La oposición en Irán no está armada ni organizada. La única forma en la que puede hacerse con el poder es si las instituciones de la República Islámica quedan completamente en ruinas. Es cierto que el régimen se encuentra en su momento de mayor vulnerabilidad desde la invasión iraquí ordenada por Sadam Hussein en septiembre de 1980. Pero no es menos cierto que la República Islámica, en las últimas décadas, ha demostrado una gran capacidad de absorber los golpes y reponerse. La economía ahora mismo está en caída libre y el país acaba de salir del mayor período de contestación social desde la Revolución islámica de 1979. Las del pasado enero fueron unas protestas que pusieron al régimen contra las cuerdas y que se saldaron con la muerte de miles de manifestantes ante la pasividad de la comunidad internacional. Seguramente Trump y Netanyahu esperan que sus bombardeos, en estas circunstancias tan delicadas, supongan un jaque mate que haga innecesario el despliegue de tropas terrestres para lograr el cambio de régimen.

Nos encontramos, por tanto, ante la posibilidad de que tras casi medio siglo de guerra fría entre Estados Unidos y la República Islámica, que desde el año pasado se ha tornado en guerra caliente, culmine en un cambio de régimen. En su discurso anunciando el comienzo de las operaciones militares, Trump hizo un repaso a esta traumática historia desde el secuestro de 52 diplomáticos estadounidenses durante 444 días en 1979 hasta el ataque contra los barracones de los marines desplegados en Beirut en 1983 que se saldó con cientos de muertos y las miles de muertes y mutilaciones de soldados estadounidenses en Irak entre 2003 y 2011 a causa de los dispositivos explosivos improvisados facilitados por Teherán a la insurgencia chií iraquí. Trump y la mayoría de estadounidenses han crecido viendo en las noticias estos golpes y afrentas a la vez que recordaban un pasado dorado en el que Irán, bajo la monarquía Pahlevi, constituía el aliado de Estados Unidos más cercano, junto con Israel, en Oriente Medio. «Make America Great Again» alude a la inclinación nostálgica de Trump por restaurar épocas pasadas que el paso del tiempo ha teñido de romanticismo. La campaña militar en Irán deja claro que esta visión no solo se limita a la política doméstica. Trump persigue conjurar un fantasma omnipresente desde hace décadas y retornar a un escenario desaparecido desde 1979. El tiempo dirá si lo logra o si, por el contrario, al igual que con Jimmy Carter, su presidencia acaba secuestrada por el espectro iraní.

Javier Gil Guerrero es investigador del ICS, Universidad de Navarra y autor del libro 'La sombra del ayatolá. Una historia de la República Islámica de Irán' (Ciudadela Libros)