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Estado, soledad, familia

El Estado moderno, en cierto sentido, nace para proteger la soledad del individuo, su destino individual arduamente conquistado, y cada vez que se desvía de esa tarea para procurar sucedáneos burocráticos de compañía el resultado tiende a lo siniestro

El ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy.
El ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy.EFE
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El Gobierno anuncia la creación de una Mesa Interinstitucional de Soledades, que es un sintagma horroroso, como de distopía light. La presenta con afectación teórica el ministro Bustinduy, a quien de inmediato uno se imagina colándose en un cuadro de Hopper, cuya obra está llena de mesas y de solitarios. Administro el sarcasmo con cuidado: es verdad que mucha gente se siente hoy sola y no apetece reírse de eso. Bustinduy quiso disertar un poco sobre el tema y de manera poco original endilgó el muerto de la soledad a la «antropología neoliberal» que mina lazos comunitarios y socava el bien común. Pero, puestos a ponernos pedantes, convendría acotar mejor un fenómeno más complejo y de largo aliento histórico. La soledad es un invento moderno. No la conoció ni el campesino medieval ni el artesano gremial ni el feligrés en su parroquia, todos ellos inmersos en una red de vínculos que no elegían y tampoco podían abandonar fácilmente. Con energía que aún reverbera, la modernidad disolvió aquellas pertenencias no elegidas y en su lugar puso al individuo autónomo y dueño de sí. El Estado moderno, en cierto sentido, nace para proteger la soledad del individuo, su destino individual arduamente conquistado, y cada vez que se desvía de esa tarea para procurar sucedáneos burocráticos de compañía el resultado ha tendido a lo siniestro. Nada es gratis, tampoco en política, y ya Tocqueville, viajando por la democracia americana, entendió el dilema venidero: la igualdad deshace lazos verticales sin garantizar los horizontales. El individualismo democrático, escribe, «conduce al hombre sin cesar hacia sí mismo y amenaza con encerrarle, finalmente, por entero en la soledad de su propio corazón». Estamos ya encerrados con ese corazón convertido en peñasco solitario y en todas partes se advierte que la demanda de vínculos vuelve a crecer. Pero la compañía es algo que debemos buscar fuera del Estado, en nuestra vida privada, lo cual no significa que el Estado no pueda echar una mano de algún modo poco invasivo. Resulta revelador que Bustinduy no estableciera una conexión entre la epidemia de soledad y las dificultades para formar una familia, habiendo salido de su ministerio la única iniciativa loable de esta legislatura: la prestación universal por crianza de 200 euros al mes. Esa es la verdadera medida contra la soledad que Bustinduy debe esforzarse por llevar a efecto. Aunque para financiarla con mínima holgura, debería protestar contra el demagógico gasto en pensiones, devorador del presupuesto público. Y ahí sí que se vería en una radical e inhóspita soledad.