De golpe, Emilio Delgado está en boca de la gente. Hasta hace unas semanas era uno del panal de Más Madrid en la Asamblea de la Comunidad y destacaba por combinar con paso ágil la disciplina de partido con el escaqueo de las prietas filas orgánicas cuando decía las cosas a su manera. Algunos de sus careos con Isabel Díaz Ayuso disparan audiencia en redes sociales porque tampoco se arruga y envida incluso a la grande ante los desplantes chisperos de la presidenta. Emilio Delgado es un mostoleño incubado en Vallecas, hijo de ama de casa y maestro albañil, producto de la educación pública y campeón de taekwondo. En la competición deportiva probó el primer desasosiego a los 24 años cuando lo descartaron para los Juegos Olímpicos de Sidney, aunque tenía méritos para hacer el paseíllo detrás de la bandera de España. Dejó el deporte, sacó adelante dos módulos de FP vinculados al trabajo social, echó horas como animador en fiestas disfrazado de peluche y se comprometió con la ayuda a chavales desclasados. Emilio Delgado estaba ahí, buscando la manera de sacar del pozo a quienes lo daban todo por perdido con rastro de acné aún en la frente. Quiero decir: derrotados prematuros antes aún de poder dar batalla.
Algunos de estos muchachos, seguros de que entre unos y otros les han precintado el futuro, han sido abono para la lenta gestación de la extrema derecha. Cómo es posible que en los barrios más difíciles una parte de la ciudadanía esté dispuesta a empeñar la próxima papeleta en favor de Vox. Esto pregunta Emilio Delgado. Cómo una realidad así se le ha traspapelado a la izquierda. Y por eso, a su manera, alerta a los suyos con un fraseo llano, de purísima y oro. Viene de perder batallas menores y de esa realidad extrae la única épica que necesita: convencer de que es necesario salir de la topera en la orilla izquierda/izquierda. Vox da la espalda a los colectivos extranjeros vulnerables, desprecia el desastre anunciado del cambio climático, aúpa nostalgias franquistas, pero ha conseguido articular un discurso de revancha con el que mantener vivo el humedal del desengaño de quienes llegan a fin de mes con la escasez apretando el gaznate. Emilio Delgado entiende el código y pide una izquierda compactada al rescate de sí misma. Una izquierda mejor. Una izquierda más ancha. Una izquierda dispuesta a hablar de seguridad en las calles sin hacer ese mohín incómodo cuando alguien se lanza a comentarlo. Emilio Delgado quizá es consciente de que no cuenta con el apoyo de la izquierda académica, la que ha traspapelado el hilo y no sabe cómo regresar a la boca de la cueva.
La política no acepta excluidos voluntarios y de cada uno de ellos hace un náufrago. Amortiza su rebufo, pero desecha pronto los alardes mohicanos y la propuesta regeneradora de los escindidos. Exactamente ahí es donde está Emilio Delgado: en la zona de interés de los que molestan a los asentados. La dupla con Gabriel Superstar Rufián en el dulce Motín de la Sala Galileo es la primera parada del via crucis redentor de esa izquierda sin otra alternativa que rejuntarse para no quedar en menos que nada. Rufián está mirando a España. Rufián está mudando la piel y quiere hacerse entender lejos del "Cataluña primero". Rufián puede dar la sorpresa. A Rufián lo quieren cuanto antes fuera en su casa (ERC). Rufián ha dado el primer paso (pactado) para la última oportunidad de que la izquierda/izquierda no pierda lo que aún le queda. Rufián le ha puesto el cascabel a Yolanda Díaz y asegura sin decirlo que Yolanda Díaz es el pasado. (El reclamo que esperaba Podemos). Rufián no será líder si esto cuaja; quizá no lo sea en favor de Ernest Urtasun porque en esta nueva representación conviene apostar por el mejor caballo. Rufián conoce el paño y su lugar está en la sala de máquinas con balcones a la calle. Amortizará de algún modo su larga contradicción entre la defensa carbonizada del independentismo y la España del bloque de izquierda. Ahora mismo está en proceso de metamorfosis, entre la posibilidad de la mariposa y la trampa de la crisálida. Necesita a la izquierda para reinventarse y no quedar de semiclandestino en la zona desmilitarizada del nuevo bloque en marcha.
Pero decíamos que Emilio Delgado, su compañero en el primer acto de esta dramaturgia, se presentó ante el público hablando con lengua de hacha de todo aquello que a la izquierda le cuesta pronunciar abrazada a un cartapacio de supersticiones de la policlínica woke. Dijo que hay que asumir el fracaso con las políticas de vivienda. Dijo que la seguridad en algunos barrios es un problema para sus inquilinos. Dijo que han perdido la capacidad de negociar. Dijo cosas así sin parecer un moralista investido de frases feroces. Es un tipo de barrio consciente de las vías de agua de una izquierda incapaz de entender que la dispersión por falta de programa es su tumor. Y ya no le sobra tiempo para enamorar a los nietos de los hijos de la ira. Ya no contabilizan votos como si se trataran de entradas de taquilla. Cada vez menos gente va a su cine.
Emilio Delgado sabe esto. Rufián lo sabe aún más. Con la escenificación del dulce Motín de la Sala Galileo lanzaron a la atmósfera -en el aire flotaba el nerviosismo de las noches de estreno- una bengala, la última, pues en verdad la cosa se está poniendo mala. No acompañan los tiempos recios.

