Lleva razón José Ignacio Wert: a quien hemos desclasificado esta semana es a la esposa de Tejero. Se llamaba Carmen Díez Pereira, y su angustiosa actuación durante las horas en que su marido estaba dando un golpe de Estado constituye la mayor revelación de esta semana de memoria desclasificada. Es verdad que el Gobierno anda pulsando botones con la compulsión frenética con que se persigna un cura loco, y seguramente rehabilitar la imagen de Don Juan Carlos no entraba entre las prioridades de su maniobra de distracción. Pero eso no quita para que del humo de su penúltima cortina emerja doña Carmen como un personaje rotundo en busca de autor, un paradigma macizo de esposa española que va desapareciendo de este mundo como lo hicieron inexorablemente nuestras abuelas.
Por aquella época había maridos que volvían tarde a casa porque empinaban el codo en el bar, o porque se trajinaban a la secretaria en una pensión, o porque debían restaurar el franquismo en el Congreso de los Diputados; Antonio Tejero Molina, cristiano viejo de morigeradas costumbres, tuvo que ser de estos últimos. Murió ideológicamente intacto el miércoles pasado, sin haberse arrepentido del acto de fuerza que lo recluyó durante 14 años en la cárcel y sin haber experimentado ni un solo minuto de su vida la condición de demócrata. Lo malo fue pretender que tampoco la experimentaran los demás.
La esposa del golpista está en casa esa tarde oyendo la radio, pegada a la mesita del teléfono. Lleva muchos meses escuchando el dolor de España que amarga a su marido, y desde luego lo comparte. Sin alimentárselo, pero lo comparte. No era difícil en aquel tiempo, cuando una banda de asesinos vascos ponía a diario un cadáver de uniforme en los periódicos. A Antonio ese dolor se le ha ido transformando en rabia, pero la conciencia de Carmen nunca fue capaz de evolucionar hacia la legitimación de la violencia. Tejero la tranquiliza, le dice que hay un plan, que tiene detrás a todo el Ejército, que Jaime sacará los tanques en Valencia y el resto de capitanías le seguirá. Todo saldrá bien.
Pero aquel día Carmen está más inquieta que su marido. Con ese irreductible instinto práctico que a ellas confió la especie –los hombres tienden a romantizar los ideales y las mujeres a aterrizarlos–, Carmen presagia que algo va mal. Sabe que a su Antonio a veces se le va la fuerza por la boca, y si se le va a él, que está labrado en sílex, que se recorta el mostacho con tijeras de podar, cómo no se les va a ir a sus compañeros de teoría, en teoría compañeros.
Por eso no tarda demasiado en empezar a hacer llamadas. Por eso comprende pronto que lo van a dejar tirao, que los demás no son como su Antonio, que lo da todo porque él sí se cree el amor a la Patria que otros solo predican. Y por eso cuando al fin logra hacerle llegar una sola frase a su marido a través del teléfono de Juan García Carrés, el líder de la trama civil al que pide «que no haya ninguna sangre», escoge esta: «Papá, que te queremos mucho».
¿Y si esa frase, ese susurro intrahistórico, hubiera resultado tan eficaz o más para parar el golpe que la sentencia histórica del Rey por televisión ordenando el mantenimiento del orden constitucional dentro de la legalidad vigente? ¿Y si el palpitante amor de su mujer y la preocupación lacerante por sus hijos disuadieron a Tejero de la huida hacia delante, de la épica garrafal y cipotuda, de la humillación sentida y desquitada con una masacre? Esa fue la opción que según los papeles sugirió a Carmen su amiga Herminia, candidata de Fuerza Nueva y colaboradora de El Alcázar: «Mira que te digo, ¡tenía que cargárselos antes de salir de ahí, tenía que cargárselos!»
Pero la historia, lo sabemos, no acabó en tragedia sino en farsa. Y fue quizá gracias a la dulce intervención de una mujer en esa noche de hegemonía testosterónica. Ya sé que el feminismo oficial no se estira lo suficiente como para amparar a una franquista de buen corazón que murió hace cuatro años después de cinco décadas de lealtad invencible al villano por antonomasia de nuestra democracia. Carmen Díez Pereira es aún todo lo que no debe ser una mujer de nuestro tiempo. Pero vete a saber si no acaba reivindicándola una generación condenada a empalmar poliamores efímeros y solitarios, desvencijada por el nihilismo digital, aunque impecablemente democrática.

