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Sin acritud

Junqueras y la voltereta del judoka

El independentismo ya no gobierna, pero tiene capacidad de veto en Barcelona y Madrid. Illa sabe que sin presupuestos -los únicos que podría aprobar en esta legislatura- el relato de la «normalidad» en Cataluña quedaría seriamente dañado

Oriol Junqueras, líder de ERC, después de su última entrevista con Pedro Sánchez en La Moncloa.
Oriol Junqueras, líder de ERC, después de su última entrevista con Pedro Sánchez en La Moncloa.JAVIER BARBANCHO
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Ayer, el Govern de Salvador Illa dio luz verde al proyecto de presupuestos para 2026. Lo hace sin el aval de ERC, socio de investidura. Oriol Junqueras responde con un pulso cerrado: sin aval público del Gobierno español para ceder el 100% del IRPF a la Generalitat, no hay negociación. Amenaza con presentar enmienda a la totalidad. No basta el «compromiso total» de Illa con el pacto de investidura.

El quid está precisamente ahí: en ese acuerdo firmado en 2024. El PSC se comprometió con ERC a eso y mucho más. Junqueras lo invoca hoy como vinculante. El Gobierno de Sánchez nunca lo desautorizó, aunque en la Comisión bilateral al año siguiente aguó mucho esa pretensión. Todos sabían -en ERC, en el PSC y en La Moncloa- que aquello era un parche para evitar la repetición electoral, investir a Illa y ganar tiempo. Promesas ambiciosas para desbloquear el presente.

Junqueras ha ejecutado ahora una llave de judo inesperada. Según parece, ya había dado el a los presupuestos y estaba a punto de anunciarlo. De pronto, convierte en condición súbita lo que hasta ayer era una exigencia negociable. Es el movimiento clásico del contraataque: deja que el contrario avance confiado y, en el último instante, aprovecha su impulso para proyectarlo sobre el tatami.

Tres razones complementarias explican la voltereta. Primera: cree que la promesa sobre el traspaso del IRPF volverá a aplazarse tras el batacazo del PSOE en las andaluzas. Segunda: quiere humillar a Illa para demostrar quién tiene la llave de la gobernabilidad. Tercera: necesita resituar a su partido ante el auge de Aliança Catalana, que también le come votos, y la presión de Junts, que rechaza el nuevo modelo de financiación porque no es el concierto económico.

La vicepresidenta María Jesús Montero siempre ha dicho que no había acuerdo sobre el IRPF, aunque sin aclarar mucho más. Obviamente, Cataluña no es foral. Equipararla al País Vasco y Navarra tensionaría el modelo común y amenazaría la propia solvencia del Estado.

El independentismo ya no gobierna, pero tiene capacidad de veto en Barcelona y Madrid. Illa sabe que sin presupuestos -los únicos que podría aprobar en esta legislatura- el relato de la «normalidad» en Cataluña quedaría seriamente dañado. Pero la alternativa al fiasco presupuestario, el adelanto electoral, crearía un escenario parlamentario aún más precario. Junqueras también lo sabe. Por eso aprieta. Ahora toca ver quién cae al tatami o si acordarán otro apaño.