En 1970 los empleados bancarios irlandeses estuvieron en huelga durante seis meses, pero la economía nacional no colapsó. Más bien ni se inmutó. Hubo dinero circulando. Sin embargo, en Nueva York, los basureros interrumpieron su actividad en protesta por sus condiciones laborales. Fue tal el caos higiénico en la ciudad que al sexto día se declaró el estado de emergencia. Según este ejemplo, el basurero es más importante para la sociedad que el señor o señora del banco. ¿Pero por qué gana mucho menos dinero?
Piense por un momento en la huelga de médicos.
El historiador neerlandés Rutger Bregman es el autor de ese término tan vaporoso llamado ambición moral con el que alerta del desperdicio de talento que hay en el mercado de trabajo. Según su argumento, interesante y también de cierta autoayuda ñoña, no sólo hay muchísima gente atrapada en empleos que realmente no hacen de este mundo un lugar mejor, sino que las personas que están en su cima salarial suelen ser los menos productivos moralmente para la sociedad. Considera que los profesionales de marketing, los gerentes, el personal de más tronío en el departamento de recursos humanos, etc, no aportan demasiado valor. Lo contrario que fontaneros, enfermeras, profesores o cuidadores.
Durante años he discutido con amigos que trabajan en finanzas sobre si consideraban una obscenidad que un bróker potente o un trader ganara 10 veces más que un cirujano y un ingeniero. Ellos me hablan de la ley de la oferta y la demanda, de las rentabilidades de cada sector. Mi argumento no era ético, como el de Bregman, sino basado en la responsabilidad. El error de un médico en un diagnóstico en Urgencias y el de un ingeniero al construir un avión de pasajeros tiene consecuencias mucho más graves que la equivocación de un vendedor de activos financieros que apuesta a que van a subir los tipos de interés o contra la libre esterlina. Nunca les convencí.
Esto me hace pensar en una secuencia de la película Margin Call 2011) sobre la crisis financiera en la que el personaje de Stanley Tucci, un alto cargo en gestión de riesgos de un banco de inversión, se encuentra tirado en la calle tras ser despedido. Frustrado, le cuenta a su discípulo que antes era ingeniero de caminos y que construyó en su juventud un puente que permitía a miles de personas ahorrarse varios minutos cada día de un trayecto de un punto a otro, lo que se traducía en días de vida para hacer otra cosa en lugar de estar atrapados en un atasco en el coche. Un fin honorable. Pero prefirió Wall Street y su dinero.
¿Moral? Sin duda. Acertado: no lo sé. Eso uno lo valorará cuando haya que hacer balance ante la parca. ¿No es acaso el dinero también una ambición moral? Una cosa es la ética y otra la piscina. Y tener piscina es algo bueno. Que se lo digan a Pío Cabanillas, ministro con la UCD y registrador de la propiedad con retranca, como Rajoy. Cuando un juez le pinchó diciéndole que era injusto que un registrador ganara mucho más que un juez dado que tiene menos responsabilidad y menos carga de trabajo, Cabanillas le contestó: «Mire usted, si los jueces ganaran más que los registradores, yo sería juez y usted sería registrador».

