El cartógrafo del mapa autonómico fue Rodolfo Martín Villa, ministro de la Gobernación de Adolfo Suárez, natural de Santa María del Páramo (León). En sus memorias, Al servicio del Estado (Planeta, 1984), confesó que tenía atribuidas las competencias de administración local y estaba dedicado a la foralidad de Guipúzcoa y Vizcaya, el «régimen especial» de Cataluña y el mejoramiento del Fuero navarro. Ya lo dejó escrito Gregorio Morán: el «precio de la Transición». No crean que Sánchez ha inventado las cesiones a la periferia centrífuga. «Ha habido errores y excesos», admitió Martín Villa después de que el presidente le encomendara en 1979 «racionalizar» el despliegue autonómico. Dejó claro al PSOE que no iba a tolerar una comunidad asturleonesa, lo que hubiera dado alas al obrerismo minero. También descartó la autonomía de León -justo lo que ahora reclama el leonesismo- y dio luz verde a las regiones uniprovinciales de Cantabria y de La Rioja, arrojando al ancho páramo un puzzle imposible. De Castilla la Vieja a Castilla y León. Nueve provincias amalgamadas sin respeto a su anclaje histórico y con Segovia, de la mano del diputado de UCD Modesto Fraile, batallando ante el TC por su segregación. Así germinó la tercera región más extensa de la UE, solo superada por la Laponia finlandesa y la sueca Norbotnia.
Es importante remontarse a esta arqueología constitucional para entender por qué, cinco décadas después, Castilla y León es una región artificial, agotada, envejecida y vacía. La única comunidad sin una capital oficial en su Estatuto (para no herir sensibilidades parroquiales en Valladolid y Burgos) ha perdido el 16% de su censo desde 1960. Zamora, un 43%. Soria, un 40%. El centralismo pucelano engorda a costa de los pueblos, aunque la verdadera aspiradora de su capital humano es Madrid. Aquí no hay ruido, hay nueces, proclama Alfonso Fernández Mañueco. La Junta, en manos del PP desde 1987, saca pecho en educación, dependencia y otras áreas básicas. Pero no es más que el reflejo deformado de la despoblación: a menos habitantes, menos ratios de alumnos; a más ancianos, más gasto para asilos. Y así. El problema de fondo, la falta de cohesión interna, sigue latente, ante una parálisis política insensible a la fracasada unidad de estas tierras de pan llevar. «La sensibilidad -sostenía Jiménez Lozano- no es patrimonio de ninguna cultura, sino patrimonio del que se acerca a ella, del que la vive en su alma».

