(Red) Hace tiempo Gregorio Luri dijo una frase bonita sobre la necesidad de que los chicos volvieran a tener las rodillas peladas. Más calle y menos pantallas, venía a decir. Pero ni Luri, ni muchos gobiernos, ni muchos ciudadanos comprenden que las pantallas son la calle. O mejor aún: que son una nueva ciudad con calles infinitas. Ahora hay gobiernos que quieren prohibir que los chicos usen las redes. O sea, que salgan a la calle. Los chicos han tenido siempre relaciones limitadas con la calle. De pequeños solo podían alejarse unos metros de casa. Cuando empezaban a tener cierta autonomía, la primera instrucción era que no se fiaran de cualquier desconocido que les ofreciera caramelos. Y esto lo aprendían mucho antes de saber qué quería ese adulto a cambio de caramelos. Al hacerse mayores ya imperaba el tiempo más que el espacio: había horas para salir y para volver. Y aprendían rápido que por ciertas calles era mejor no pasar. Algunos trataban de burlar las limitaciones. Y a veces iban por lugares peligrosos y hacían lo que no debían: bebían, fumaban e incluso se sabe de gamberros que levantaban la falda a las chicas. Los gobiernos perseguían las conductas asociales y dictaban normas para que los chicos no entraran en según qué sitios antes de cumplir una edad. Pero a ningún gobierno se le ocurrió nunca prohibir la calle.
Los padres gestionaban los permisos. Podían hacerlo porque conocían la calle mejor que sus hijos. Lo contrario de hoy: los hijos conocen las redes mejor que sus padres. Y de ahí surgen el histerismo generalizado sobre la intemperie y la petición de ayuda a la política. Suena increíble, pero la autoridad parece dispuesta a prohibir a los chicos su principal forma de socialización. Todo el debate sobre las redes parte de la ignorancia de esta evidencia. Antes que nidos de pederastas, lazaretos de enfermos mentales o cubiles de fieras, las redes son el lugar y el modo de socialización de la época. Tal modo no está libre de violencia, trampas y humillaciones: lo que se daba en la calle. Y como la calle, requiere de alertas y cuidados. La primera línea de defensa está en los padres. Cualquiera deduce que una política pública digna de tal nombre habría tratado de alfabetizarlos, de impartir pedagogía a los adultos sobre la ciudad digital. No hay constancia de que ningún gobierno se haya puesto profundamente a la tarea. A los padres, de las redes, les llega sistemáticamente la trompetería del Apocalipsis que un día y otro hacen sonar los periódicos. Pero ni ciencia ni conciencia. Aunque, respecto a la ciencia, se presente con cansina repetición el caso de Jonathan Haidt, aquel psicólogo que empezó denunciando la sobreprotección de los niños y ha acabado convirtiéndose en el portavoz de la inteligencia de las Ampas, mamis y papis de borriquitos con chándal. Hay que reconocerle a Haidt, sin embargo, una habilidad comercial notabilísima. Su tesis de que las redes han provocado una epidemia de enfermedades mentales entre los adolescentes se basa en la pasmosa prueba de que no ha sabido encontrar otra novedad comparable que pueda explicarla. Como si yo dijera lo que voy a decir: el que la tasa de homicidios en Estados Unidos haya sido en 2025 la más baja desde 1900 se debe a la irrupción de internet, porque no encuentro otra novedad comparable. Más pingüe aún que conectar con el espíritu de tu tiempo está lo de conectar con su espiritismo.
Esta semana el Economist dedica su edición al asunto. Hay una opinión contundente en el título de uno de sus artículos principales: «No prohíban las redes sociales a los adolescentes». Y una fina interpretación sobre la conducta política en el párrafo final: «Los políticos dicen que la prohibición de las redes sociales es la única opción responsable. Sin embargo, esa postura parece una forma de eludir el cuidado que los niños merecen. Si los reguladores no son capaces de encontrar maneras de controlar las redes sociales —que ya tienen más de dos décadas—, ¿cómo van a permitir que los niños utilicen las nuevas herramientas de la inteligencia artificial? Los jóvenes tienen derecho a participar en las nuevas tecnologías. Y los adultos deben procurar que su tiempo en línea sea lo más seguro y enriquecedor posible».
En el grueso del artículo se recogen un puñado de evidencias. No hay ciencia establecida que haya sido capaz de señalar los perjuicios del uso de las redes. Ni tampoco sus beneficios, aunque este paso se ignore por el sesgo que lleva a considerarlas meros antros de estupidez y perversión. Pero es la misma búsqueda de estos efectos lo que debería cuestionarse, porque a mi juicio tiene el valor del que tratara de averiguar en qué beneficia o perjudica la calle a los adolescentes. O para poner artilugios concretos: en qué perjudica el coche o el teléfono. Son investigaciones que eluden lo que las redes son: una nueva variante de la realidad. Este verano se conocerán los resultados de un macroestudio en la ciudad inglesa de Bradford sobre beneficios y perjuicios. Pero soy escéptico: basta ver que sus responsables todavía confunden la vida real con la vida presencial: «Llamamos a esta investigación el Irl Trial [In real life], ya que, en nuestras conversaciones con adolescentes, muchos dijeron que las redes sociales los distraen de sus relaciones y aficiones de la vida real. Esperamos que el experimento ayude a los adolescentes a centrarse más en sus actividades de la vida real». La experiencia de viajar a 150 kilómetros por ahora es igual de real que la de viajar a pie. Y lo mismo sucede con una conversación en WhatsApp que con otra en un café. Lo contrario de lo real es lo imaginario, no lo virtual.
La realidad se puede prohibir. Hay pruebas desde Orwell a Xi Jinping. Pero hay que saber su coste. Y la venganza que la realidad acaba siempre tomándose. Advierte el Economist: «Hacer cumplir las prohibiciones resulta difícil; los adolescentes en Australia están encontrando formas ingeniosas de eludirlas, por ejemplo arrugándose la cara para aparentar más edad. [...] Los menores vetados en las plataformas convencionales podrían acudir en masa a otras más oscuras y caer allí en manos de depredadores. Y quienes esquiven los bloqueos pueden ser menos propensos a contar a los adultos que han encontrado algo horrible, por miedo a ser reprendidos. Elevar la edad mínima podría retrasar los problemas hasta que los jóvenes cumplan 16 años, cuando de repente obtendrán acceso pleno a redes que apenas sabrán utilizar. Y, mientras tanto, esos límites más altos pueden generar una falsa sensación de seguridad. Por todas estas razones, los grupos de protección infantil suelen oponerse a las prohibiciones».
La culpabilización de las redes facilita también un llamativo mecanismo de irresponsabilización. De pronto los culpables de los desprecios, las humillaciones, las salvajadas e incluso los crímenes ya no son los maleducados, los cafres, los salvajes y los criminales, sino el lugar donde esas conductas se producen. Ya no es el matón del patio. Es el patio. Todos víctimas es el sintagma que mejor describe la época: víctimas las víctimas y víctimas los verdugos. Todos, salvo dos sujetos. La tecnocasta, como les llama Pedro Sánchez. Es decir, los que inventaron, diseñaron y hoy explotan los lugares donde los legisladores contra la realidad, y Sánchez el primero, pasan la mayor parte de su tiempo y cuyos instrumentos usan para todo tipo de aberraciones, incluso no políticas. Esta cósmica hipocresía recuerda las campañas contra la Coca-Cola, incluida aquella tan divertida del milisegundo que al salir del cine te obligaba a beber de inmediato el brebaje: la farsa de aquel vendedor James Vicary que inauguró (1957, naciendo yo) la era de la supuesta persuasión subliminal, cuando aseguró que había insertado el mensaje Drink Coca-Cola, durante la proyección de una película en Fort Lee. Aunque Vicary fue más honrado que Jeremy Rifkin, cuyas fábulas sobre los empáticos muñecos de felpa aún se creen las jovencitas: cinco años más tarde el vendedor confesó que se había inventado los resultados y probablemente la propia inserción del drink. El otro sujeto culpable es el depredador. Una palabra que antaño definía al nocturno Harry Powell pero que hoy se usa para señalar a cualquier gozador.
En un estudio de 2025, de Ari Winbush y otros, sobre el uso de las redes sociales y los smartphones en América [con una población de edades diversas], los autores concluyen: «Los efectos sobre el estado de ánimo o el bienestar son tan leves que se requieren cambios de conducta inverosímiles para producir cambios de humor incluso mínimos».
Y ahora compárese con la política. Y la posibilidad de prohibirla.
(Ganado el 14 de febrero, a las 13:37, pensando en el día del amor sobre las tetas y comparando, por influjo del célebre psiquiatra Jambrina, aquellas de la Lollo, pan, amor y fantasía, con las de nuestras influencers tertulianas; y observando, boom, boom, boomer, cómo las neorrealistas rezuman fertilidad y estas nuevas intolerancia a la lactosa, con las consecuencias que ello tiene no solo para la demografía sino también para el deseo, porque no hay hombre que en el trance vigoroso, sea como sea, no quiera refundar otra vez la especie)

