En este momento es difícil concretar quién interpreta el papel más shakesperiano dentro del PSOE. Los candidatos a sostener en la palma de la mano la calavera de Yorick son el presidente Pedro Sánchez y el expresidente Felipe González. El primero empieza a quedarse solo y eso le inquieta del todo; el segundo conoció a fondo el mecanismo de la soledad en los dos o tres últimos años de su ciclo final y aprendió a revertir el destierro fabricándose una holgada condición de jubilata plateado que ni olvida ni perdona.
Felipe González siempre entendió el PSOE como una formidable empresa propia y a cuantos intentaron borrar las huellas que dejaba a su paso los aniquiló por una simple cuestión de estética elemental. Ha pasado la vida mandando en todas direcciones y eso marca. A estas alturas del naufragio socialista ha lanzado una de sus cuñas publicitarias contra el Gobierno advirtiendo que mientras el presidente continúe en su sitio echará a la urna un voto en blanco. Esto ha disgustado muchísimo a la primera fila de violines de Pedro Sánchez. Tres ministros, tres, le exigen a González que se eche a un lado: Ángel Víctor Torres (Política Territorial y Memoria Democrática), Isabel Rodríguez (Vivienda y Agenda Urbana) y Ana Redondo (Igualdad). Ésta le ha llamado de golpe «jarrón chino».
A Felipe González conviene recordarlo, entre otros asuntos, porque favoreció la potabilización democrática de este país. Pedro Sánchez es, de algún modo, producto de sus enredos de presidente en la reserva. El confuso empeño felipista para entorpecer el estirón de Eduardo Madina en las primarias de 2017, en favor de un bluf trianero de nombre Susana Díaz, dejó la senda despejada para quien hoy le recuerda al anticristo. Desde el momento en que Sánchez tomó las riendas, el incordio de González ha sido implacable.
Respeto a este hombre al que no voté porque entonces andaba yo de trekking por mis otras izquierdas festivas. Le reprocho, como todo el mundo, el basurero de los Gal y la Sierra Morena de la corrupción al final de su presidencia. Tantas cosas turbias que ocurrieron ahí. Pero algo creo tener claro: Felipe González no es un facha al uso. Si Felipe González es un facha al uso, el listón del facherío está muy bajo y cualquier día entra en el reparto de credenciales Pedro Sánchez por realidades como la del mercado del alquiler. Claro que hay ejemplares de aquel primer socialismo bonito que años atrás decidieron legítimamente hacer gárgaras de lejía contra los suyos, porque fachas hay en todos los bandos (Leguina, Rosa Díez, Corcuera... algunos como Díez fueron valientes contra el terrorismo en tiempos de cobardes...), pero de ahí a que González sea... Millonario sí parece ser. Y ex aficionado a Marrakech. Y a otras oscuras verbenas de ricos. Felipe González aloja un mecanismo psíquico más complejo que el de sus ex compañeros hoy conversos, un cinismo mejor acondicionado, una ágil intuición vulpina, una vanidad de socialdemócrata reclutado para diseñar la democracia después de tantos años de hulla y crimen por obra y gracia de la dictadura.
EL PSOE se está haciendo un lío. Entre el viejo tábano incordiando y ellos disparándose entre ellos, y contra el difunto Javier Lambán para cargarle con el fracaso de las elecciones en Aragón, el partido es un campamento de vietnamitas de matorral. Esta última ocurrencia de exhumar a Lambán para ponerlo frente al pelotón de fusilamiento es del candidato por Madrid a no sé qué, Óscar López, y da el tono exacto de sus 'altas capacidades' como miserable. Éste no ha leído a Rafael Azcona: Los muertos no se tocan, nene. El único sensato en el guateque es Félix Bolaños, fiel a su costumbre de pensar aprovechando todas las neuronas.
Pero no quiero salirme del camino: Felipe González, decía. El inconveniente es que continúa viviendo de las rentas de haber sido una superstición nacional. En esto es muy escuela andaluza. Gusta de hacer profecías, de echar mal de ojo y de ofrecerse después como chamán de rituales de limpieza energética para bien o para peor. Desprecia profundamente a Pedro Sánchez porque nunca se dejó susurrar, ni rendía obediencia, ni desplegaba estímulos serviles al toque del señorito Iván de Los santos inocentes: "Pedro, maricón, ven aquí". Felipe lleva 30 años (más o menos) convencido de sentir en millones de ciudadanos la esperanza de su regreso, pero no se da cuenta de la desgana que incuba esa misma esperanza. Padece los efectos secundarios propios de quien cree que el socialismo es él tajantemente.
Desconozco si bajará a votar y hacia dónde apunta la papeleta. Qué más da. Lo pesado es la turra declamativa sobre las sucesivas correcciones pendientes en el partido donde apenas es un camafeo. Su alivio es ver a Sánchez más astillado por dentro y por fuera. Al PSOE, y a la izquierda española, está a punto de caérsele la sardina de la boca. Y González no puede dejar pasar una flaqueza así. Lleva una década esperando. En esto es un socialista de primera calidad: antes hacer escombros que pasar el testigo o favorecer la marcha. Quien fue Isidoro en la clandestinidad sabe que su estela no vale lo que la decisión de un ministro, pero le basta con ser un perturbador de Moncloa. González es la otra oposición de Sánchez: cada equis tiempo arma un pollo porque siente la necesidad de mantenerse en el puesto que tengo allí y volar (como vuelan las cometas) su gran proyecto frustrado: el panfelipismo vitalicio. Si acaso recordar que al final de su última legislatura la gente sólo le pedía decencia.

