El optimismo en el futuro embargó la primera década del siglo XX, conocida como la Belle Époque, por el convencimiento de que los avances tecnológicos -el avión, la radio, la lavadora, el coche en serie...- llevaban al hombre a la modernidad sin billete de vuelta. En sus memorias, Stefan Zweig describe ese optimismo embriagador: «La ilusión de aquella generación, cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz». Una creencia que murió en 1914 con el inicio de la Primera Guerra Mundial, cuya trágica paradoja fue que esos avances propiciaron, en buena medida, la confrontación bélica al fomentar un sentimiento de superioridad e invulnerabilidad en las naciones y sus ejércitos; y también permitieron que ese conflicto acabara siendo devastador. Una guerra total.
Esta relación entre un periodo de grandes avances tecnológicos y un epílogo autodestructivo es la que se podría estar manifestando ahora con la guerra de Ucrania. La primera guerra de la nueva modernidad del siglo XXI, en la que la combinación de los drones y la inteligencia artificial (IA), del cibersabotaje y los misiles hipersónicos, resulta aniquiladora y condena a soldados y civiles a una vida en el subsuelo.
Ucrania, sin embargo, solo sería el síntoma del cambio de paradigma. En los últimos días, algunos de los principales arquitectos de la inteligencia artificial han empezado a matizar el entusiasmo fundacional con el que anunciaron esta revolución tecnológica. De prometer un nuevo Renacimiento gracias a la IA, prosperidad y armonía global, han pasado a reconocer la existencia de un reverso oscuro. La advertencia más explícita ha sido la de Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, al admitir que la nueva generación de sistemas de IA entraña un riesgo existencial para la humanidad -«podría destruirnos por completo»- si se delegan en ellos decisiones críticas en ámbitos como la guerra, la medicina o las finanzas, sin posibilidad de comprensión ni control humano. De ahí su sorprendente llamada a que los Gobiernos y las instituciones democráticas intervengan para imponer límites y marcos éticos.
¿Hay algo de exageración narcisista, impostura intelectual o de estrategia comercial en estos avisos? Tal vez. Pero es evidente que estamos ante un cambio de era de consecuencias radicales y que, como pasó otras veces en la historia, el avance tecnológico es más veloz que la capacidad política para gestionarlo (en España nos pilla más cerca del siglo XIX, sin trenes, refugiándose de las inclemencias del tiempo, infectada por la corrupción caciquil...) y que la capacidad de la mayoría de nosotros para entenderlo y asumirlo.

