Por supuesto que un separatista como Gabriel Rufián puede liderar una candidatura de izquierdas a nivel nacional. Y por supuesto que en el resto de España habría ex votantes de Podemos, de Sumar o incluso del PSOE que estarían dispuestos a votarle. La idea de que hay algo inaceptable para el electorado «progresista» en juntar separatismo e izquierda va contra toda evidencia. Claro que uno puede ver en ello una contradicción teórica -Ovejero la explica bien en La invención del agravio (Alianza)-. Y claro que, para algunos votantes, esa contradicción resulta insalvable. Pero muchos otros votantes se han sentido cómodos con ella. Si no se entiende esto, no se entiende qué ha pasado en España en los últimos ocho años.
La etapa sanchista ha confirmado que el votante de izquierdas español considera al separatismo un aliado, si no natural, sí perfectamente aceptable. Sánchez no inventó esta actitud: tiene un fuerte arraigo en nuestra tradición izquierdista, por mucho que haya convivido con otras más jacobinas. Pero, durante mucho tiempo, esto se apoyaba en la idea de que las demandas nacionalistas no eran muy extremas. Que las advertencias acerca de su peligro eran exageraciones de la derecha. Estas ilusiones estallaron en 2017. Por eso Ábalos declaró que no podían apoyarse en los separatistas «ni para una moción de censura». Pero, meses después, el PSOE se apoyó en ellos en una moción de censura. Y las izquierdas han seguido viendo a los separatistas como socios de gobierno y atendiendo muchas de sus exigencias. Esto ha alejado a algunos de sus votantes, pero no ha producido una espantada general. Los malabarismos mentales que llevarían a un votante de izquierdas cacereño o vallisoletano a apoyar a Rufián ya los realizó ese mismo votante hace tiempo.
Otra cosa es que esa fusión de separatismo e izquierdismo sirva para el supuesto propósito de Rufián: frenar a Vox. Recordemos que este partido nace en 2013, pero no logra representación hasta después de la crisis de 2017 y la llegada al poder de Sánchez. Dos acontecimientos en los que la ERC de Rufián desempeñó un papel central. La idea de que se puede frenar a Vox apostando por los mismos personajes y discursos que condujeron a su auge es francamente osada. Muy propia, por otro lado, de esta fase del sanchismo tardío.

