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Retratos Contemporáneos

Maruja Torres, la gracia de la dinamita controlada

Incisiva, mordaz y corajuda, representa una de las mejores versiones del periodismo del último medio siglo en España. Un documental, 'Maruja Torres. Ganas de contar', repasa su vida profesional desde su estreno en el oficio en 1964, en Barcelona, hasta su activísimo y lúcido retiro en Madrid

Maruja Torres, la gracia de la dinamita controlada
Efe
Actualizado

Da igual el momento en que la hayas conocido, Maruja Torres siempre ha sido así: rápida, incisiva, desplantá, corajuda, intrépida, mordaz. Diabólica agua bendita. De entre tantos oficios posibles escogió el periodismo porque de alguna manera sospechó que, sorteando la boina de hulla que imponía el franquismo, esta profesión ofrece el morbo libidinoso de vivir las cosas dos veces: una por conocerlas, otra al escribirlas.

Maruja Torres llegó con el alma fuerte de las gentes de alcurnia vapuleada. Los padres emigraron a Barcelona desde Torrevieja y Cartagena cuando el desastre de la Guerra Civil atizaba fuerte y había partido el país en dos colmando de odio, miedo y muertos los cementerios por fuera. Nació y creció en el Raval, facción Barrio Chino, Barcelona, en calles de populosa asimetría y temperamento paupérrimo, lujuriante y turbio. Era 1943. En aquel caldo aprendió cuanto quiso enseñarse rodeada de gentes que, bajo el sol violento, buscaban otra vida. Con instinto comenzó al final de la adolescencia a explorar alternativas guiándose con un evangelio propio. Era una joven de barrio entregada a superar la terrosa mediocridad del franquismo enchufándose lecturas en perfecto desorden y asistiendo a la sesión continua del Cine Padró, en el número 31 de la calle de la Cera, donde hoy se estira un bloque de viviendas. En aquella suerte de islote peninsular que era el Raval, Maruja Torres encontró el apetito de contar desplegando cuanto había aprendido asomada a los balcones. Poco después entró en la profesión con el revólver peligrosamente bajo como John Wayne en Río Bravo.

A los 14 años conoció a Terenci Moix, dotado de una capacidad mítica para dispensar alegría y curiosidad por casi todo. Con Terenci cerca seleccionó mejor las lecturas y fue macerando certezas y sospechas hasta convertirlas en ideas y hacerse el contorno de lo que ya sería: una tía sin simulacros, cimarrona, lejos de la horma de la mujer reglamentaria. En 1964 comienza la fiesta: empieza en el periodismo. Tardó poco en elevar la firma y convertirse en uno de los mirlos blancos de aquella generación que tomaba impulso haciendo con la escritura simulacros de libertad. En la Barcelona de Vázquez Moltalbán, Colita, Juan Marsé, Pilar Aymerich, Carlos Barral, los primeros travestis de Las Ramblas y la gauche divine acuartelada en la discoteca Bocaccio, aprendió a distinguir con fecunda habilidad a los auténticos de los petimetres con aires de esnob. Trabajaba a destajo, cultivó un punto de malignidad y se puso al frente de las manifestaciones necesarias. Durante tiempo tuve en casa una fotografía suya recortada de no sé dónde, vestida de traje de chaqueta y corbata, en la que aparecía con un cartel colgado del cuello y este lema escrito a mano en mayúsculas: "Jo també sóc adultera".

La semilla creadora de Maruja Torres cuajó en una escritura que podía ser a veces temible. Muy a finales de los 70 era una de las principales del periodismo, como Rosa Montero, Nativel Preciado, Julia Navarro, Pilar Narvín, Soledad Gallego-Díaz, la fotógrafa Marisa Flórez o Carmen Rigalt (algo más tarde)... Parecía vivir con ímpetu de yegua sin herrar. Y es que así vivía. Pasó en los 80 de Barcelona a Madrid. Se instaló en El País. Entrevistas, reportajes, crónicas, artículos de opinión más tarde... Los veranos de la Torres también eran prodigiosos. Aquellos textos de contraportada donde levantaba en peso a toda la jet set (o como se llame ahora) eran muy fecundos para la risa. Un verano o dos (ya eran los 90) compartió escenario con Juan José Millás en la labor de escribir sobre las vanidades de agosto. Aquellas piezas de gran periodismo socialité las consumíamos por la mañana como tantos de los personajes de sus crónicas esnifaban cocaína por la noche: con avaricia. Hay en ellas una carga de profundidad que desplumaba aún más a los cisnes disecados. Maruja Torres aprovechó bien su condición poliédrica para el oficio. Acumula muchas razones para ser exactamente asombrosa. Igual da cuenta de la salsa rosa que aviva el reporterismo de guerra. Tiene de plomo los ovarios.

Entre Líbano, Israel (en 1987 denunciaba ya el ultraje al pueblo palestino) y Panamá (donde soldados americanos asesinaron al fotógrafo Juantxu Rodríguez, pareja de baile en esa cobertura) vivió su Triángulo de las Bermudas. De los tres países, Líbano es su gloria. Tardará en nacer, si es que nace, una charnega tan clara, tan rica de aventura. (Esto se lo tomo prestado a Lorca: lo escribió para el torero Ignacio Sánchez Mejías).

Todo el mundo está de acuerdo en que esta mujer (Mientras vivimos, Mujer en guerra, Hombres de lluvia, Esperadme en el cielo, Cuanta más gente se muere, más ganas de vivir tengo. Ss novelas y relatos) escribe con la gracia de la dinamita controlada. En unas pocas líneas igual descalabra un puente que a un imbécil, un dogma, un sentimiento pringoso, lo que sea. Es sagacísima al colocar los cartuchos en los puntos débiles de los muros de carga. No hay tanta gente que entienda la vejez con gracia tan mundana y la deslenguada convicción de que no merece la pena dejarse una palabra dentro o una sutileza envenenada. La conocí por Edu Galán y esa primera vez intervine poco en la sobremesa. Cuando me preguntó respondí sacando previamente la cabeza de entre los escombros, pues se habían marcado entre varios una rajada graciosísima y devastadora a cuenta de no sé qué personaje de actualidad. Tiempo después vi lo de Évole y ya no hubo vuelta atrás. El domingo pasado en Imprescindibles (RTVE) recordé que Maruja Torres, en sí misma, es un párrafo magistral que (por fortuna) nunca se acaba de escribir.