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Bajad las armas

Los amores imposibles de un joven francés y un obús alemán

El inopinado 'affaire' en Toulouse entre un joven curioso y un obús puntiagudo ofrece al periodismo la enésima oportunidad de impartir una lección de modestia a la ficción, nuevamente superada por la realidad

Uno de los últimos tanques ingleses espera la orden de avanzar por la carretera de Menin (Bélgica), en 1917, durante la Primera Guerra Mundial.
Uno de los últimos tanques ingleses espera la orden de avanzar por la carretera de Menin (Bélgica), en 1917, durante la Primera Guerra Mundial.CORBIS
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Hay noticias impactantes que luego no tienen el seguimiento que se merecen. Un titular llamativo, apenas unos minutos en la tertulia radiofónica, un puñado de memes efímeros en las odiosas redes de los tecnooligarcas. Pero solo una desidia culposa justifica que al término de esta semana no sepamos nada del joven de 24 años que acudió a un hospital de Toulouse con fuertes molestias en los glúteos y resultó que alojaba un obús de la Primera Guerra Mundial en el ano.

¿Dónde están los periodistas cuando se les necesita? ¿Es que Francia no tiene reporteros de investigación? El caso requiere desde luego una investigación en profundidad, que llegue al fondo del asunto. Joaquín Manso suele recordar el lema de este periódico a redactores y lectores para que nadie olvide que nuestro trabajo consiste en sacar a la luz la verdad, por incómoda que sea. Y ciertamente hay pocas cosas tan incómodas como albergar un artefacto explosivo de 20 centímetros en el recto.

No todos los días se tiene la oportunidad de contar una noticia de semejante impacto. Pero por increíble que pueda parecerle al lector más impresionable, tampoco es la primera vez que ocurre. Se informó de un percance similar en 2022, cuando un octogenario con problemas de obstrucción rectal tuvo que ser operado en un hospital en Tolón. Con noticias así será difícil que Francia pierda su ganada reputación de libertina.

Puede que esbocemos una sonrisa imaginando la segunda parte de ¡Noticia bomba! que habría escrito Evelyn Waugh con un argumento como este. Título posible: Con el culo en bomba. Pero seamos serios. La tribulación anal del paciente francés no podría haberla imaginado ni el más fantasioso de los novelistas. Ni las calenturientas mentes de Sade o Céline habrían sido capaces de idear un episodio tan rocambolesco. El inopinado affaire en Toulouse entre un joven curioso y un obús puntiagudo ofrece al periodismo la enésima oportunidad de impartir una lección de modestia a la ficción, nuevamente superada por la realidad.

Pero se trata de una realidad que presenta muchas aristas. Tantas que los cirujanos debieron de conducirse con especial tacto, asistidos por un cuerpo de artificieros convocados a la mesa de operaciones sobre la que se debatía el atribulado muchacho. Informan fuentes locales que el artefacto, de fabricación alemana, medía 37 milímetros de calibre y cuatro centímetros de diámetro. Cuando fue identificado por el equipo de radiología -no sin expresivas muecas de asombro entre los sanitarios, más algún que otro codazo de malévola complicidad-, el hospital universitario de Toulouse puso en marcha el protocolo habitual en zonas de guerra para la desactivación de minas antipersona. Claro que en este caso la mina estaba dentro de la persona y no debajo. Los bomberos, con gran presencia de ánimo dadas las circunstancias, establecieron un generoso perímetro de seguridad: no podían arriesgarse a que una práctica sexual de riesgo acabara en un estallido de metralla. Una cosa es pillar una venérea y otra muy distinta absorber una granada del Káiser por el orto. Felizmente, el artefacto fue neutralizado. Suponemos que después de ser extraído, pero la crónica de Le Figaro no abunda en detalles. Será por su línea editorial más bien conservadora.

Toulouse es una ciudad universitaria conocida por la liberalidad de sus costumbres y su agitada vida nocturna. Aun así, la Fiscalía de la localidad ha decidido abrir una investigación judicial que alguno podría estar tentado de calificar de prospectiva. Lo cierto es que la víctima (que al mismo tiempo parece el agresor) podría ser denunciada por posesión de municiones de categoría A, susceptible de una pena de prisión máxima de cinco años y una multa de hasta 75.000 euros. Hay divorcios bastante más baratos (y menos dolorosos) que esta aventura de una noche. Y una pieza de artillería resulta bastante más aparatosa que las dulces flechas que asigna Cupido en la iconografía romántica al uso.

A la espera de nuevas revelaciones que confirmen el pleno restablecimiento del travieso muchacho y clarifiquen su horizonte penal, de algo sí podemos estar ya seguros. Podemos asegurar que el desafortunado romance de Toulouse pasará sin duda a los anales.