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Retratos Contemporáneos

Liam Conejo, la presa preescolar de los escuadrones de 'La Bestia'

Agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de EEUU, batallón 'paramilitar' de Trump, detuvieron a un niño ecuatoriano de cinco años en una batida antimigrantes. Ha estado deportado junto a su padre a 2.264 kilómetros de su casa de Minnesota. Un juez ha ordenado su liberación. Vuelven a casa.

Liam Conejo, niño de cinco años detenido por agentes del ICE en Minnesota durante una de sus batidas anti inmigración.
Liam Conejo, niño de cinco años detenido por agentes del ICE en Minnesota durante una de sus batidas anti inmigración.COURTESY OF COLUMBIA HEIGHTS PUBLIC SCHOOLS
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La infancia, como debe ser, implica una euforia de salida y una fe total en el mundo. Ésta dura, más o menos, hasta que la edad se estira hacia delante y entiendes que sólo cuando niño viviste con plenitud y sin conciencia. Exactamente como mejor se vive. Casi todas las infancias alojan la posibilidad de algo incalculable antes de que la existencia, a su manera, se deshilache. Qué delito puede cometer un chaval de cinco años. Ni siquiera ese párvulo ecuatoriano, de nombre Liam Conejo, ciudadano de Minnesota, hijo de un solicitante de asilo desde 2024. Qué terrorismo incuba un niño. Incluso uno pobre como tantos pobres. Latino como tantos latinos. Legal como cualquier ser humano, si es que la legalidad significa algo a los cinco años. La foto de Liam Conejo sujeto por los escuadrones trumpistas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de EEUU es el eureka de un alma podrida. Cabe aquí la cita de Sebastian Castelio con la que Stefan Zweig abre un ensayo formidable: Castelio contra Calvino. Conciencia contra violencia: "La posteridad no podrá creer que, después de que ya se hubiera hecho la luz, debamos vivir de nuevo en medio de tan densa oscuridad".

Agarraron al padre. Agarraron a Liam Conejo. Venían de la escuela. A empujones los colaron en un furgón para depositarlos a 2.264 kilómetros de su casa. Estuvieron detenidos en un centro de San Antonio (Texas). Más de 10 días encerrados hasta que un juez ha ordenado su libertad. Viajan de regreso a Minnesota. Esto es el ICE: una golfería gubernamental que anula los derechos esenciales de cualquiera. Y mata a tiros. Y secuestra. Por eso a Trump conviene ajustarle bien el nombre: La Bestia. Es el sujeto más pernicioso del siglo XXI. Odia la democracia y usurpa Estados soberanos. Un desaprensivo que ha recobrado los modales del fascismo. Así es, para qué esperar: fascismo. Está convencido de que no existe más política que la amenaza ni más protocolo que la agresividad, la coacción, el ensañamiento. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, como adivinó Rafael Sánchez Ferlosio. Toda autoridad psicótica necesita una levadura de crueldad. La imagen de ese preescolar vestido de sí mismo: el gorro de dibujos animados, la cazadora gruesa, el pantalón para la nieve, la mochila de Spider Man por donde lo agarra una mano adulta que no abriga... La fotografía de ese niño detenido, digo, pone del revés el tiempo y lo empuja hacia atrás, a lo siniestro. A donde no hay norma ni razón.

Como en el Cuento de la criada, de Margaret Atwood, pelotones paramilitares humillan a ciudadanos, los apuntan y disparan a bocajarro; o los empujan al confinamiento, al desasosiego. Minnesota es otro laboratorio de exaltación opresora. Este es el presente completo que propone La Bestia. A un niño de cinco años, un niño que se abre paso en el frío cogido aún de la mano, lo detienen. Se trata de extender el odio frenético al extranjero más frágil, alentado desde el eje del poder. La Bestia va de la televisión al púlpito y de la red social al sínodo más reaccionario. El Estado ejercido contra ese niño es otra versión en crudo de la extorsión metódica con un pensamiento organizado para el exterminio, como lo aplicado contra la población civil de Gaza donde el presidente de EEUU se empeña en levantar un casino turbio, un club para infames del mundo entero. Esta es la alta misión de La Bestia y los suyos.

Hasta un momento como el de ahora sólo se llega desandando siglos y contra cualquier progreso alcanzado. A un niño de cinco años sin opción de defensa posible lo atrapan delante de ciudadanos decentes que observan e increpan. No hay nada que hacer. El niño, como sólo sabe un niño, se apresura a vivir en medio del caos y así le basta. Ya se enterará de qué va esto. A esa edad los cartílagos aún se están haciendo y su único crimen es el despertar en mitad de la noche dando cuerda a su alfabeto y a sus fieras inventadas. Habrá que cobrarse algún día las lágrimas de Liam. La detención salvaje de Liam. Su espanto. Su indefensión. Su desconcierto. Atentar contra un niño es una destrucción infame, señal del suicidio incesante de la especie.

La misma gente que aparece en la sala de prensa de la Casa Blanca o en el campo de golf de La Bestia berreando a destajo es la que ordena a la jauría armada que dispare a traición a cualquier ciudadano desprotegido con la mínima sospecha. El trumpismo en ebullición apenas da de sí una empanada mental asesina con un rifle y cinco balas, la mínima inversión intelectual posible. Está impulsado por fanáticos que se sienten dueños de la vida y la muerte ajena. Sólo en el cerebro cerrado y agresor de los más desaprensivos cabe la imagen del chico apresado sin levantarles una brizna de duda. Se necesita mucho tiempo para fabricar fanáticos de ese tipo. Cientos de miles de personas se sienten vigiladas y amenazadas en Mineápolis, Los Ángeles, Filadelfia, Phoenix, Denver, Miami, Atlanta... Están saliendo a las calles con verdad, con miedo, con razón, contra tanta villanía. Contemplar a un niño de cinco años en la zarpa de un agente del ICE sin que eso comporte para La Bestia riesgo alguno confirma su poder paralizante. Venga ese Nobel sucio. No recuerdo casi nada de mis cinco años y lo que no viví en mí lo imagino observando a los que tengo cerca. Es mi parte de infancia recuperada, de arboleda perdida. Los otros son (a ratos) el trozo que nos falta de nuestra vida, igual que yo soy el fragmento que le falta a mi desmemoriada madre de la suya. Por eso sé (como cualquiera sabe) que todos los niños son el mismo niño riendo y llorando. Hacer sufrir a uno es declarar un poco la guerra a todos.