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El Jornal

In vino veritas, semper

Más que para ahogar las penas, el vino sirve para celebrar la alegría.

In vino veritas, semper
SEQUEIROS
Actualizado

(Complejidad) A pesar de mis esfuerzos, cada vez se bebe menos vino. Nunca el vino fue mejor ni más diverso, ni se hizo en tantos lugares, algunos inverosímiles. Da la noticia el Economist, y bastará reducirla a Francia: los franceses beben la mitad que en los años 70. Algunas de las soluciones que idea la cabizbaja industria son pintorescas: envases monodosis, latas. En el festival Fringe de Edimburgo un cómico Alexis Dubus parece que captó el spleen del asunto: «¿Tan bajo hemos llegado que celebramos el vino enlatado?». Para colmo escribo aún en enero. Enero es el mes internacional de los suicidas, especialmente los del Norte. El artículo del Economist desliza con sutileza una correlación: enero es Dry January, enero seco, el mes que muchos bebedores eligen para la abstinencia, después de las farras navideñas. La correlación anuncia su tesis: los hombres beben menos vino porque están más solos.

Es atractiva. Y desmiente al tango: Tomo y obligo, mándese un trago es una licencia poética. Más que para ahogar las penas, el vino sirve para celebrar la alegría. Siempre hay un metaanálisis a punto: el examen de las circunstancias de 12 mil personas en Estados Unidos, Australia, Canadá y Francia no encontró pruebas de que la gente bebiera más en sus días abatibles. Todo lo contrario: estaban hasta un 28% más dispuestos a beber cuando se sentían pletóricos.

Sobre la soledad del hombre contemporáneo hay mucho que escarbar. La histeria ludita ante las pantallas ha hecho creer que nunca como ahora la soledad fue la principal compañera del hombre. Una absurda ocurrencia. Jamás ha habido tanta gente conversando. Y a la caravana se ha añadido ahora la inteligencia artificial, que ha multiplicado hasta el infinito los interlocutores sin descuidar al principal, uno mismo. Pero es probable que los encuentros cara a cara hayan bajado, no en comparación con la Edad del Bronce, pero sí con el siglo XX. ¿Quién va hoy de visita, aquel ejercicio que amargó tantas tardes de mi infancia? No es descabellado especular con que el vino y la compañía estén íntimamente relacionados. El vino tiene un carácter convivial que quizá no dé otra bebida y que está vinculado a su graduación alcohólica -animar sin turbar-, a la lentitud con que se bebe y a la evidencia de que puede ser en sí mismo tema lúcido y dilatado de conversación, lo que lo distingue de la cerveza o la cocaína. Y la cuestión nuclear: el vino es con frecuencia un asunto de pareja.

He recogido datos sobre la pareja. La Onu calcula que a mediados de siglo la proporción de hogares monodosis pasará del 28% al 35%. En 2023, casi el 25% de los estadounidenses se sentó a la mesa en solitario, frente al 17% en 2003; los menores de 30 años casi doblan los números. Entre los estadounidenses de 25 a 34 años, la proporción que vive sin pareja se ha duplicado en cincuenta años: alcanza el 50% en los hombres y el 41% en las mujeres. Hay también unas cifras españolas meditables: el 43% de las mujeres y el 32% de los hombres de 30 a 34 años viven en pareja: muy lejos del 85% y el 81% de los años 70. Estos dos últimos datos los saqué de un reportaje reciente del periódico: Sologamia, 22 de enero. Se desgranan muchas causas: los divorcios, la autonomía de la mujer, la mejora de la salud y de la esperanza de vida, la movilidad geográfica. Y ya sabemos que una de las más graves consecuencias es la bajada en el consumo de vino. Lo interesante es que la crisis de la pareja y la del vino quizá puedan explicarse por la crisis de la complejidad.

Es realmente entretenido pensar en ello. El vino es más complejo que la fanta naranja. Da para mucho, sensorial y culturalmente. Y cuanto más se sabe sobre él, más inagotable parece. No hay ninguna bebida -y guárdense de mencionarme el aguachento sake- que tenga semejante apertura de compás. La pareja le va inmediatamente a la zaga. La pareja es muy difícil. Es jugar en la Champions de la vida. Y ya no digamos la pareja de aquellos que viven con dios. Cualquier otra forma de convivencia es ridícula, como duramente descubrieron los sixties. Y en cuanto a la sologamia, jamás rebasa la cota del onanismo imponderable. Como los españoles de Cánovas, vive solo el que no puede vivir de otro modo. La asiduidad de los publirreportajes sologámicos, con su usual toque lésbico, solo está basada en la patética práctica de hacer de la necesidad virtud.

La crisis de la complejidad se extiende más allá del vino y de la pareja, obviamente. Los lamentos respecto al estancamiento de la creatividad en las artes son constantes y se pueden agregar al tópico milenario de los viejos buenos tiempos. Sin embargo, quizá haya una novedad. La complejidad era en el pasado el centro del sistema cultural. Unas pocas voces dialogaban consigo mismas ante el silencioso eco de la multitud. Lo que llaman la democratización del sistema cultural ha desplazado la complejidad a los márgenes: ha perdido la capacidad de dictar normas y de organizar el gusto dominante. Es tentador escribir que las formas de vida que dependen de la complejidad sufren un creciente desdén. Y asumir que la complejidad se ha externalizado: la ciudad sigue siendo compleja, pero la lectura de los mapas ya es asunto del Gps. Habrá que revolverse ¡ante tanta simplificación! Porque ciertamente nunca se había exigido tanto a los individuos: formación continua, adaptación tecnológica, aprendizaje permanente. Y la complejidad técnica, informativa e instrumental ha aumentado considerablemente. La objeción, a su vez, es si el aumento de la complejidad del sistema no exigirá sujetos menores. El algoritmo y David Uclés.

Si la pareja es una forma de complejidad, su decadencia quizá refleje también el retroceso adaptativo de ciertas capacidades intelectuales que no producen una ventaja inmediata. El enfoque darwinista tiene siempre una gran capacidad de perturbación lúcida. Aplicado a la complejidad descubre alguna lacra insospechada. El célebre ejemplo del autismo. La letal palabrería de aquel Bruno Bettelheim y las «madres nevera», emocionalmente frías, distantes, incapaces de vínculos afectivos espontáneos. Hasta que llegó la neurociencia y dictaminó que se trataba de una lesión neuronal con un fuerte componente genético. Es decir, hasta que la ciencia distinguió entre la complejidad real y la complejidad dictada por la ignorancia. Y qué decir de la sebosa narrativa construida en torno a la impotencia masculina. Hasta que llegó una pastilla azul para disolverla. Puedo con todo y no me importa aventurarme, extrasolar: el cósmico volumen en prosa del par libertad/ responsabilidad. Hasta que la moderna negación del libre albedrío lo dejó para el reciclaje. La historia del progreso humano puede ser descrita como un obstinado vaciado de toda forma de palabrería. Como un sostenido navajazo de Occam a toda complejidad que solo se justifica por sí misma, inmune al contacto con lo real. No es raro que en la política se dé la máxima supremacía del relato. Puede que la política sea la más poderosa protección que le quede a la superchería.

A la pareja, inexorable organización de la especie, le conviene una limpieza de los falsos relatos. Por el camino de Helen Fisher, que hizo con ella lo que la neurociencia con el autismo o la farmacología con la impotencia: dopamina para el enamoramiento, oxitocina para el apego y serotonina para la calma. Cableado a quien todo un dios prisión ha sido. La complejidad de la pareja es la complejidad de entender que la explicación biológica no es una forma de deshumanización, sino el nuevo humanismo.

Para el bajón del vino no tengo nada.

(Ganado a las 14:06, desvelando que el otro día cené con uno de los más grandes cantantes y compositores españoles y à l'heure du fromage me mostró la liquidación de sus dos últimos años en Spotify, que ascendía a 150 euros, y pensando en él esta mañana cuando Estrella Morente denuncia que la Rosalía hizo con su participación en Lux lo que hacen en los documentales: entrevistarte durante cuatro horas y cortar luego así y asá y acullá para poner lo que uno dijo en correcto modo pino puente y donde hubo canción segregar desventurada salmodia apedazada)