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El último escaño

Las trampas y deslealtades del nuevo "papeles para todos"

Pedro Sánchez
Pedro SánchezFoto: Agencias
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Me sorprende la persistencia en el autoengaño de las elites progresistas españolas, que son las que configuran el marco del debate público, en cuestiones centrales como la inmigración, ya que solo agrandan la brecha de realidad entre las instituciones y la calle. Un despotismo sin lustre que, al ignorar inquietudes y cancelar opiniones, erosiona el sistema democrático y acaba fortaleciendo propuestas antisistema como las de Vox y Aliança, convertidas en espacios refugio del malestar social desatendido.

La regularización exprés, el «papeles para todos» de Sánchez, pone de manifiesto esta desconexión entre el discurso oficial y el sentir de una parte importante de los españoles que exigen políticas más restrictivas. Votantes de derechas y de izquierdas, en un inusual consenso, a los que el Gobierno chantajea con una falsa dicotomía sentimental, tan propia de Sánchez, entre el bien y el mal, la caridad y el egoísmo: ¿Está a favor de la regularización o es usted un desalmado racista? Una manera de anular la posibilidad del término medio y los matices.

Los dos argumentos utilizados para justificar esta regularización -que la inmigración es la principal fuerza dinamizadora del mercado laboral, permitiendo que el país no colapse, y que la ilegalidad condena a muchas personas honradas a una vida precaria e indecente- son tan incuestionables como otros factores que el Gobierno orilla: la transformación social de los barrios y municipios españoles es tan profunda, radical y veloz (un 19 % de la población española ha nacido en el extranjero, superando los porcentajes de Francia, Italia o Grecia) que lógicamente provoca inquietud y actitudes de rechazo en muchos españoles. No tanto por racismo, como por el miedo a nueva realidad desconocida y cambiante. Otra trampa es hablar de las ventajas y beneficios de la inmigración en abstracto, como si fuera un colectivo homogéneo, independientemente del país, la religión o el nivel cultural de los inmigrantes.

La demanda de un mayor control sobre la inmigración es general en Europa y ha llevado a Bruselas a rechazar regularizaciones masivas y unilaterales. Por tanto, en este contexto Sánchez está cometiendo una doble deslealtad: para con los socios europeos, al sacar a España del consenso y convertirla en una puerta de entrada a la UE, con el inevitable efecto llamada; y para con los españoles, al hurtarles un debate urgente: decidir entre todos qué tipo de modelo migratorio queremos. Sus límites, ritmos y criterios... Porque la realidad nunca desaparece por decreto ni propaganda.