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500.000 optimistas quieren España

España, puerto de ilegales, puede ser vista como el cementerio de un tiempo del que no estoy muy seguro de su existencia o como la Ellis Island mediterránea. La segunda opción airea un poco el pestazo a tristeza

Trabajadores inmigrantes de la empresa Glovo, en Oviedo.
Trabajadores inmigrantes de la empresa Glovo, en Oviedo.J.L. CEREJIDOEFE
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PUEDE haber un antídoto a nuestro virus más nuestro. La ansiedad decadentista es una epidemia. No hay una afección tan española como la de sufrir vaivenes emocionales derivados del destino universal, casi siempre fallido, de nuestra nación. Esta nación autoconsciente y lírica, pesimista y existencialista, folclórica y exagerada, posromántica y con héroes desacralizados. A diferencia de la ansiedad climática, la ansiedad decadentista tiene denominación de origen. Es un estrés ibérico, la incertidumbre milenaria, un vértigo sin remedio que brota a la vista de la actualidad y sus consecuencias. Varias terminales del patriotismo más común ya han encontrado en la regularización de 500.000 inmigrantes sin papeles otra causa de la depresión que nos vertebra. Y, sin embargo, venir sin papeles hasta aquí es un piropo a España. Quedarse resulta una declaración de amor inesperada por un país a la deriva, que no encuentra la motivación en ninguno de sus defectos. Hubo un día que alguien decidió dejarlo todo atrás por alcanzar este lugar cochambroso y lo consideró una tierra de oportunidades. En cualquier aventura hacia la huida hay un soplo de optimismo. España, puerto de ilegales, puede ser vista como el cementerio de un tiempo del que no estoy muy seguro de su existencia o como la Ellis Island mediterránea. La segunda opción airea un poco el pestazo a tristeza.

500.000 optimistas quieren España a pesar de su inclusión capada en el sistema. Puede que no haya suficiente sitio aquí, en este país adosado a las crisis de identidad, pero siempre ha existido cierta cortesía formulada a través de la expresión ya-nos-apañaremos, que mide la molestia del anfitrión en dosis de empatía. Los 500.000 legalizados no podrán votar, entre otras cosas, y el dinero que generan empezará a ser domesticado, a bailar al son de las necesidades públicas, a recibir encargos de los pensionistas. Pagar impuestos es un buen inicio para el despertar de la nacionalidad. Acaba asentando un arraigo por la vía más directa al comprobar la existencia de algunos mitos sobre este lugar radiante y cenizo, comentado por todólogos y gestionado por gente a la que generalmente no se le da bien hacer otra cosa.

Aunque el Gobierno canjee el fracaso de la ILP antitaurina por la ILP que exigía regularizar un puñado de inmigrantes ilegales, en un movimiento oportunista que salta el control del Congreso, su utilización no puede arruinar la inyección de optimismo. 500.000 van a optar por hacer vida normal, en fin, en la última España. Pues bien.