Nadie dicta cuándo se abre la veda, pero hay un momento en el que se abre y todos los cazadores, agazapados y bien cargados de munición, se lanzan al coto para intentar hacerse con sus piezas. Comenzar a disparar cuando las víctimas todavía no han sido recuperadas de entre los hierros puede volverse en contra del acusador. Lo prudente es respetar el duelo, al menos 48 horas; todo lo demás es arriesgado. La misma noche del siniestro había apuestas de cuánto iban a tardar los indignos representantes de la España polarizada en lanzarse al cuello del contrario. No ha sido diferente a otras veces.
Estamos a más de una semana vista del accidente más grave ocurrido sobre nuestras admiradas vías de la alta velocidad. Hubo una secuencia. Hay una primera alerta que se incrusta en la televisión el domingo anunciando un descarrilamiento en la vía del AVE, cerca de Córdoba, con posibles heridos. Llega al instante el mensaje de la web al móvil, al menos un muerto. Otra notificación, y ya son cinco víctimas mortales, y no un tren, son dos, un Iryo y un Alvia: el segundo ha chocado contra el primero. Uf, qué mala pinta, esto va a ir a más. Primeros y nerviosos testimonios a pie de vía. Son de periodistas que viajaban en uno de los trenes, mensajes en redes, vídeos caseros. Continúa el goteo, ya son doce los muertos y decenas los heridos. Pero ¿qué ha pasado? No hay mal tiempo, el tramo es muy recto, se descarta el exceso de velocidad, el tren descarrilado es bastante nuevo, las vías están recientemente reformadas... Hay que esperar, la tragedia sobrecoge. Es el tren de nuestras vidas, el de la España moderna, el transporte más seguro, y la cavilación es inevitable: ¿cuántas veces pasaste por Adamuz, a más de 200 por hora, sin tú saberlo? Ya son 40 los muertos. Hay historias de héroes, de víctimas, de desaparecidos, de quien ha vuelto a nacer; y, por resolver, una montaña de preguntas y otra de dudas razonables.
Una semana después, la tragedia ha seguido la pauta. La tregua humanitaria ha durado lo justo, ni más ni menos que en la España ni más ni menos polarizada. Hay un ministro bravucón al que su jefe elogia por dar la cara desde el principio, qué menos. Hay una investigación abierta que determinará las causas del accidente. Hay unos medios que tienen que informar, es su deber, pero además analizar e investigar, que también lo es. Hay muchas certezas que apuntan a que el problema está en la vía, pero también muchas incógnitas. Hay que escuchar la muletilla de que dejen que los investigadores hagan su trabajo, como si alguien se lo impidiera. Nada afecta que nos preguntemos si el mantenimiento de la red ha aumentado en la misma proporción que el incremento del tráfico ferroviario. Tampoco que pensemos que el dinero que se gasta en corromper o en ser corrompido habrá salido de algún sitio. "La corrupción y la mala gestión corroyeron el acero", decía ayer El Roto en una viñeta que puede ser irónica o no, según quién la lea. Ya puestos, se puede pedir la dimisión del ministro bravucón e, incluso, fabular con que esto se podría haber evitado. Sólo ha pasado una semana.

