COLUMNISTAS
Bajad las armas

Y si España tiene remedio

Antes que al 98 uno prefiere adscribirse al 14, y darle una última oportunidad al regeneracionismo una vez se consumen la alternancia en el poder y el castigo electoral a los traidores

Los Reyes junto al resto de autoridades, durante su visita a la zona del accidente de Adamuz (Córdoba).
Los Reyes junto al resto de autoridades, durante su visita a la zona del accidente de Adamuz (Córdoba).EM
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Ya no hace falta ser un paranoico de las redes para compartir esta melancólica sensación de decadencia nacional. La triste perspectiva de que la mejor España ya haya pasado empieza a asentarse en las cabezas mejor informadas porque los datos no matan el relato: se alían con él, le ponen números cantores a este nuevo noventayochismo que va refunfuñando por las novedades editoriales y los artículos de fondo. Los partidos antisistema de izquierdas y de derechas contemplan satisfechos la propagación del pesismismo en la esperanza de que ceda el centro social y el electorado se decante mayoritariamente por tirar el barreño de agua sucia con el bebé democrático dentro. Es decir, que los votantes atribuyan la pandemia, el apagón, la dana y Adamuz al pacto de reconciliación que empezó a fundarse hace medio siglo.

Pero como señaló Arcadi el domingo, esta mensurable decadencia española no viene causada por lo que la factoría voxémica de ficciones schmittianas llama el régimen del 78, correlato institucional de la odiosa condición búmer, sino precisamente por su traición. No es culpa de Torcuato Fernández-Miranda que Pedro Sánchez prefiera comprar votos de pensionistas que mantener las vías de los trenes. No es culpa de Adolfo Suárez que el ideal de concordia sea presentado hoy en Televisión Española como blanqueamiento del fascismo. Y ni siquiera es culpa de Alfonso Guerra que su partido considere ahora a Cataluña una nación con la que España (empezando por Andalucía) se encuentra en deuda permanente, cuando es al revés: más bien la burguesía catalana debe su prosperidad al sudor menestral de la emigración andaluza o extremeña. Otra cosa es que las élites catalanas hayan dilapidado los rendimientos de aquella fenomenal fuerza de trabajo en la construcción de un ruinoso proyecto identitario compuesto a partes iguales de corrupción y xenofobia.

Para que el centro ceda primero tendrían que triunfar la desmemoria voluntaria de los adultos y la adánica ignorancia de los jóvenes. Debería imponerse la rabia a la gratitud, y el presentismo más zafio a la imaginación estimulada por las lecturas -o al menos por las series- que nos recuerdan la España de la que venimos. Antes que al 98 uno prefiere adscribirse al 14, y darle una última oportunidad al regeneracionismo una vez se consumen la alternancia en el poder y el castigo electoral a los traidores.