Desde que se inauguró, viajo con mucha frecuencia en el Ave Madrid-Barcelona. En estos dieciocho años debieron de hacerse innumerables revisiones de las vías. Pero nunca generaron nada parecido a las drásticas restricciones de estos últimos días. Durante estos años el número y la gravedad de los accidentes ferroviarios españoles han sido comparables a los de Francia o Alemania. Supongo que si se detectaban problemas se solucionaban sin que el usuario lo notara más que de modo esporádico. Pero después del accidente de Adamuz las revisiones han provocado insólitas reducciones de velocidad en el Ave. Y, sobre todo, la indescriptible situación ferroviaria en Cataluña: cuatrocientos mil usuarios llevan seis días sin trenes. Aparentemente la justificación es de peso: se trata de mejorar la seguridad de los usuarios. Pero es falsa: se trata de mejorar la seguridad de los dirigentes políticos.
Sería extraordinariamente inquietante que las restricciones de hoy estuviesen basadas en criterios técnicos. Por fortuna, la experiencia acumulada lo desmiente. La sobrerreacción solo está inducida por el riesgo reputacional de los políticos. Y actúa también sobre los expertos, porque su criterio se ha vuelto más exigente y vacilante a fin de protegerse de las responsabilidades que puedan exigirles la política o los tribunales. Políticos y expertos ya no se preguntan cuál es el riesgo del sistema, sino cuál es el riesgo que corro yo. Humanísimo. Pero con costes. Económicos: ¿será capaz la Generalidad de Salvador Illa -impresionante gestor tantas veces puesto a prueba, y tan exitosamente- de calcular cuánto dinero público ha supuesto la crisis ferroviaria catalana? Sociales: la erosión de la confianza en el Estado ya debe de estar alcanzando en España niveles italianos. ¡Y de seguridad!: saturada la capacidad de observación y de intervención de los técnicos, surge la paradoja de que cuando todo es crítico ya nada es crítico.
La sobrerreacción institucional desvela, finalmente, un afán enternecedor. Plantéese la hipótesis de que esta tarde ocurriera en España un accidente ferroviario comparable al de Adamuz. De tal catástrofe, el mayor responsable sería el azar. Puede verse al trasluz lo que quiero decir, pensando qué habría sido de la soldadura de Adamuz si el tren Alvia fatal hubiese pasado segundos antes. O pensando en el accidente de Gelida, cuando un muro de autopista aplastó a un desdichado maquinista y el estupor del accidente creció de modo exponencial por la simpatía que establece el azar. En el fondo de estos frenéticos movimientos de políticos y técnicos, que dejan la Alta Velocidad a paso de atleta, late la hipótesis insoportable, la lucha desigual contra lo que se ignora. An accident waiting to happen, para decirlo con impavidez británica.
De modo que: viajeros al tren.

