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La fotografía pintada

La fotografía pintada
Sequeiros
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(Metaforeando) Una foto de José Jiménez, fotógrafo de la Casa Real, tomada en el lugar de la tragedia ferroviaria, se hizo el jueves carne de meme. En primer plano, a la derecha, aparecen unas autoridades: la Reina, un guardia civil, la vicepresidenta Montero, el Rey, el ministro Puente y el presidente Moreno Bonilla. En segundo plano, a la izquierda, los restos de la máquina del tren Iryo accidentado y unos operarios trabajando sobre ella. La composición tiene dos rasgos esenciales. El primero, equívoco. Las autoridades, apiñadas hasta el extremo de sugerir un bloque compacto, parecen estar posando. Pero en realidad atienden a las explicaciones de Puente sobre el otro tren accidentado, que está fuera de plano. El otro rasgo interesante es la diagonal que trazan las altas figuras de las autoridades representando y las pequeñas figuras de los operarios trabajando. Creo que fue por estos detalles compositivos por los que pasé horas mirando pintura realista y tratando de saber, sin éxito, a qué cuadro me recordaba. Carlos García Pozo, el jefe de fotografía del periódico, me explicó algunas cuestiones técnicas: «Está tomada con un objetivo ajustado a una distancia focal de 108 mm que comprime la distancia entre las autoridades y el tren. El uso de un diafragma de f/8 hace que los dos planos se vean nítidos, aunque con el tren levemente desenfocado». El centro, absolutamente magnético, de la fotografía lo forman la Reina y la máquina. Como tantas veces, y tan célebres, el uso del teleobjetivo simula una promiscuidad en torno a sujetos que en realidad están más separados. La figura enjuta de la Reina, negra de la cabeza a los pies, es clave. Su mirada enigmática la aísla del resto, hasta el punto de que parece introducida por algún artificio inteligente. El azar, además, hace que el pelo que sobresale del hombre a su espalda y el suyo propio sugieran una insólita corona de mantilla española. Es probable que por esa razón tantos memes hayan elegido un tono sepia y anacrónico. Al margen del azar rocambolesco, la reina Letizia ejerce en esa foto el mismo papel que el torneado y poderoso brazo de la reina María Luisa en La familia de Carlos IV.

Casa Real

La Casa Real colgó en su web una colección de imágenes de la visita al lugar de la tragedia. Rápidamente empezó a circular por la conversación pública la fotografía pintada. La coincidencia de memos de la voxemia fue inmediata y voraz: la foto simbolizaba la agonía del régimen del 78 con la destrucción de su principal símbolo, el tren de alta velocidad. El periodismo lleva siglos adjetivando fotos, textos y sucesos «históricos» el mismo día en que se producen y sin esperar a la Historia. Del mismo modo fabrica símbolos y arquetipos con las personas y los hechos sin que le importen un ápice ni las primeras ni los segundos: despunta en esta práctica el redactor jefe que hace salir al fotógrafo a la calle con la foto que debe obtener ya redactada. Cuando el que pone en funcionamiento estos mecanismos es el pueblo llano, muy llano, a la farsa simbólica se añade la conducta epiléptica.

Estos días, y hasta el 16 de febrero, hay una gran oportunidad en Madrid de saber lo que es el Régimen del 78. Y si uno se esmera puede aprender una lección sobre la generación de imágenes veraces, descargadas de cualquier simbología inficcionada. Poco antes del referéndum de la Constitución la editorial Espasa Calpe publicaba el primer número de un coleccionable llamado Madrid, que iba a tener 100 fascículos dedicados a la historia de la ciudad. La idea había surgido tres años antes en el Instituto de Estudios Madrileños, y el Ayuntamiento de la ciudad, que dirigía el ucedista José Luis Álvarez, la patrocinó con entusiasmo. La obra tuvo muchos autores, pero las fotografías fueron, básicamente, de dos fotógrafos veinteañeros, Juan Miguel Sánchez Vigil y Manuel Durán Blázquez. Su propósito era el retrato de aquel Madrid: las calles de 14 de los 21 distritos de la ciudad, tal como eran entre la muerte de Franco y la Constitución.

Una fundación Manuel Fernández, Lito —del Metal y de Ugt—, ha organizado una exposición con 48 de aquellas fotografías. La otra mañana, camino de la Venta La Hidalguía y de su maravillosa ensaladilla para los niños gourmets, di con los paneles de la exposición en una avenida del Retiro. Memoria visual de la Transición la han llamado. Los comisarios escriben que las fotografías permiten «saber de dónde veníamos y adónde hemos llegado». No podría estar mejor dicho. El mérito principal de este ir y venir es de los dos fotógrafos. Sus imágenes pertenecen al estilo Instamatic, aquella máquina Kodak que fue la primera que tuve. Pequeña, compacta, infalible: la que convirtió la fotografía en un acto cotidiano. Por supuesto que estas fotos no las hizo esa máquina. Me refiero al gesto: un hombre que va con ella en el bolsillo, ve algo que le interesa, medita si va a valer su precio —los boomers pagábamos las fotos carísimas—, la saca y dispara sin más. Como en la escritura, en las fotos se da también el estilo mandarín que bautizó Cyril Connolly. Pero todas estas fueron hechas con la prosa civil stendhaliana: deliberadamente gris para que resalten los colores de la vida. Así casi consiguen el milagro de que aquel Madrid feo, sucio, desarticulado y violento aparezca tal cual, sin apenas la rebaja estéticamente piadosa que la fotografía aplica siempre a la realidad.

Recorría la exposición y pensaba en un mensaje de Iñaki Ellakuría en el que comentaba una entrevista del locutor Cintora. Decía el locutor que se había criado en una casa donde «no había agua caliente, ni lavadora ni frigorífico ni ducha», y que su madre lo lavaba «en la misma pila en la que luego fregaba los cacharros». Cintora describía con absoluta exactitud la infraestructura de mi primera infancia en un callejón gitano de Barcelona. Pero yo tengo veinte años más que ese pelanas. Ironicé con Ellakuría sobre si se habría criado en una aldea comunista, búlgara, por ejemplo. Y no: fue en Ágreda, un pueblo de Soria. Dudé. Pero ante la foto del lavadero público de Hortaleza, o ante aquella otra de un corralón de Chamartín, acosado por un rascacielos Centro Norte —hoy un hotel Meliá—, donde un chavalín muestra un desnudo costillar semi biafreño, pensé que Cintora decía la verdad. Y que hemos olvidado. Aunque lo comprendo. El pasado es una mierda. Un grave misterio cognitivo, aún irresuelto a pesar de los poemas y la neurociencia, es cómo de tal escatología puede brotar la flor del recuerdo. Quizá haya que formalizar para los recuerdos una teoría del estiércol. La memoria hace con ellos lo mismo que Carlos Saura con algunos de los parajes de la exposición. La imborrable escena final de Deprisa deprisa, en la noche del suburbio de Madrid, mientras Ángela camina y suenan Los Chunguitos, me quedo contigo. Pero es una mierda. Toda su nobleza es obra del presente y de sus proyecciones fantásticas.

De aquel Madrid se salió por el camino antiheroico de lo que los memóticos llaman el régimen del 78. Ahora decretan su final mediante birriosas metáforas sobre una fotografía pintada. ¡Que ni pintada! Que prueben a hacerlo con las instamatics de Sánchez Vigil y Durán Blázquez. Verán su estólida mudez sobresaliendo. Los actuales problemas españoles no provienen del fracaso del Régimen del 78 sino, justamente, de su traición. Hay dos resúmenes a hacer. El primero, el político: no solo nunca un presidente gobernó resueltamente contra la mitad de los ciudadanos; es que, además, ha hecho de ello su recurso principal para afianzarse en el poder. El segundo afecta al trabajo y a la eficiencia del trabajo. Y a la responsabilidad. El crecimiento de la productividad española se detuvo a principios de los años 90. Hay muchas explicaciones técnicas. Pero nadie me convencerá de que no haya también una causa moral. Un déficit de exigencia. Los españoles prefieren la paz al rigor. La probable síntesis para este tiempo desmoralizado es que el Gobierno lo sabe.

Y la Reina que abandone presta su nueva y adquirida pose de phraseuse.

(Ganado el 24 de enero, a las 14:59, dispuesto a concederle verdad a la alegoría ferroviaria de Núñez Feijóo: «El estado de las vías es el reflejo del estado de la nación», pero preguntándole, mera ampliación de estudios alegóricos, qué reflejan el balasto ciudadano y las traviesas de la oposición)