COLUMNISTAS
El último escaño

Acabaremos dándole las gracias a Trump

Los tres discursos más importantes del Foro de Davos han pedido a los europeos que despierten y asuman las riendas de su destino en el nuevo orden mundial

Donald Trump
Donald TrumpFoto: MANDEL NGANAFP
Actualizado
Audio generado automáticamente con IA

Los occidentales pasamos una media de cinco a seis horas diarias delante de una pantalla, principalmente la del teléfono. Un hábito adictivo con trazos patológicos -basta con levantar los ojos del móvil y observar a quien nos rodea en el metro- que, a la fuerza, tiene que afectar a la manera como interpretamos la realidad y tomamos nuestras decisiones.

Gastar la vida consumiendo en TikTok e Instagram vídeos cortos, saltando entre escenas reales, como la matanza de manifestantes iraníes, y otras elaboradas para entretener, como el bailecito semierótico de una influencer, acaba creando una sensación de simulacro permanente en la que, a base de chutes de dopamina, cuesta distinguir entre realidad y ficción. Lo que quizá explique la tranquila indiferencia con la que la opinión pública europea asume la destrucción rusa de Ucrania, o cómo tantos norteamericanos aceptan la degradación trumpista de su democracia.

No nos creemos del todo nada de lo que pasa en una sociedad del espectáculo digital que esta semana, por suerte, ha sido agitada por tres intervenciones en el Foro de Davos, destinadas, principalmente, a los sonámbulos europeos. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, avisó con cruda franqueza del colapso del orden internacional y de la necesidad de que las naciones medianas se unan frente al nuevo imperialismo de EEUU, Rusia y China: «Si no estás en la mesa, estás en el menú». El gobernador de California, el demócrata Gavin Newsom, con un punto macarra instó a los líderes europeos a dejar de arrodillarse ante Trump y de ser sus cómplices por miedo. Y el líder ucraniano, Zelenski, lamentó que Europa esté «atrapada en el tiempo», repitiendo consignas durante años sin actuar frente a Putin.

Paradójicamente, estas tres merecidas reprimendas coinciden en el fondo con el reproche que hace Trump a Europa: debe despertar ya de su sueño de prosperidad eterna. Dejar de ser espectadora en el nuevo y agresivo orden mundial para convertirse en protagonista de su propio destino. Asumiendo, claro está, todas las consecuencias económicas, tecnológicas y militares.

Sin pretenderlo, Trump puede haber hecho un gran favor a las élites europeas al sacudirlas con violencia y descubrirles la realidad delante de sus ojos. Y quizá algún día estas le deban agradecer haber empujado a Europa hacia reformas estructurales imprescindibles, como su total integración política y administrativa -para ser un verdadero y único sujeto de soberanía-, y el haber contribuido a que los ciudadanos europeos, al fin, comprendan que el mundo de ayer ya no existe y que deben emprender el acto político y ético de «vivir en la verdad».