El maestro lo ha vuelto a hacer. José Antonio Morante de la Puebla ha vuelto a torear al ganado más difícil, que no es el que embiste en el ruedo sino el que ocupa el tendido. Reaparece antes de que hayan terminado de secarse las mejillas de tantas viudas inconsolables a las que acaba de arruinar la pose de elegía. Pero ellas se consuelan rapidísimo, y ya andan celebrando haber sido estafadas por el genio del burle. Verlo torear de nuevo bien vale el sacrificio de la credulidad.
- No se cortaba la coleta: solo se la quitaba- me puntualiza Herrera.
Y ya se sabe que lo que se quita se pone, y a la iglesia morantista les parece pintiparada esta madrugadora resurrección que llega el domingo perfecto en la ciudad ideal. Es imposible afinar más con el calendario litúrgico: se retiró en pleno día de la Hispanidad, bajo el manto de la Virgen del Pilar y al borde del mes de los difuntos, y regresa del limbo de los toreros no muertos por Pascua en Sevilla. Solo Morante podía ligar el misterio taurino con el rito cristiano tan estrechamente como liga sus verónicas rematadas.
Lo que no aceptamos más es la postal sepia de torero de otra época. Ningún torero ha interpretado mejor los ritmos guadianescos que exige el drama contemporáneo de masas para sostener la expectativa. Morante rompe el molde de lo convencional al tiempo que encaja suavemente, sin aristas, en el manual de los expertos en mercadotecnia: castizo y revolucionario, doliente y poderoso. Para renovar cada tanto los entusiasmos e idolatrías del aficionado o del consumidor le sirve hasta su certificada afección psíquica, porque le permite revestir de capricho loco el cálculo más preciso. ¿O hemos de creernos que nada de esto estuvo nunca planeado? ¿Hemos de seguir asumiendo el mito del último romántico, que se va porque sí y vuelve de igual manera, incapaz de vivir fuera del coso o de la clínica de salud mental? Morante es un genio, pero no lo es menos de la tauromaquia que de la publicidad.
Confesemos para finalizar nuestra alegría por la noticia: yo también soy morantista. Al compadre Amón le tocará ahora actualizar su libro, igual que otro amigo, Ignacio Peyró, deberá ocuparse de cierta escandalosa prórroga en la biografía de ese español que enamoró al mundo sin dejar de indignar a media España: Julio Iglesias. Os pasa por escribir de gente viva, compañeros. Gente más grande que la vida, de hecho. Supervivientes de todos sus apresurados funerales.

