Y entre los amasijos de metal, el rumor de las máquinas descarriladas y los quejidos exangües; allí estaban: los móviles sonando.
Uno. Dos. Cinco. Quién sabe cuántos móviles. Encendiéndose lo mismo que cuando las estrellas comienzan a aparecer en la bóveda celeste, una tras otra, a medida que se va yendo la luz. En un titilar sin respuesta de humano escalofrío.
Lo cuentan los miembros del servicio de emergencias que llegaron primero al lugar del accidente de Adamuz: los móviles empezaron a sonar en medio del caos. Parecían cartas de amor desesperadas sin abrir.
Que lo coja, que lo coja, que lo coja, por Dios que lo coja...
Te imagino nada más enterarte de la noticia viendo el televisor o escuchando la radio. Cómo vas corriendo al teléfono porque te acuerdas de que -por las horas- ese mismo tren puede ser el que ha cogido tu hijo después de pasar tres días contigo, puede ser el de tu pareja que ha salido de viaje de trabajo, puede ser el de tu madre que vuelve al pueblo. Te imagino cómo vas subiendo el volumen de la tele hasta quedarte sorda. Cómo te dices: tranquila, no te pongas en lo peor, no seas exagerada, llámale ahora mismo y vas a ver cómo está bien.
Y entonces buscas su contacto en el móvil. Y entonces pulsas el botón de la llamada temblando como una gelatina recién dada la vuelta en un plato, una que va a ser devorada en el próximo minuto. Y entonces llamas una vez y nada, llamas dos veces y nada, llamas tres veces y nada.
Tu hijo no contesta.
Nada.
Y entonces todo.
(...)
La muerte. No esa muerte que esperas o incluso deseas. Sino la inconcebible. La que no estaba en la agenda. La que va contra la naturaleza. La que se te mete en el cuerpo como si tuvieras jet lag.
En estos últimos años, llevamos varias.
En la infancia, los amigos primero nos vemos las caras en torno a un balón; luego, en la adolescencia, lo hacemos en torno a una cerilla; después, durante la juventud y madurez, toca hacerlo en torno a un bar; y ahora -poco a poco, de una manera inexorable- nos vemos cada vez más las caras demudadas en los velatorios.
La noticia siempre te llega por un mensaje del móvil. Piensas en los años que tenía, en la alacena que deja. Acaso revisas la última conversación de WhatsApp con ese que ya no está. Y entonces, en ese mismo instante, le llamarías para contarle: lo que le quieres, lo que le admiras, lo que no le has dicho jamás.
En su catártico El jardinero y la muerte (editorial Impedimenta), Georgui Gospodínov cuenta los últimos meses de vida de su padre y los cuidados que le procuró hasta su anunciada muerte.
Se pregunta el búlgaro: «¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? ¿De aquel que se ha ido o de nosotros?». «¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?».
Escribe: «Es importante darles la mano mientras se mueren, le digo a un amigo que también ha perdido a su padre. También es importante soltarlos después, responde él tras un breve silencio».

