Viajar en tren parece algo seguro. En el ánimo colectivo es más fiable que la carretera y el vuelo. En verdad lo es, pero a veces la realidad se emplea en negarlo todo. El domingo fue así cuando los dos trenes chocaron en Adamuz con la noche encima. Uno camino de Madrid, el otro con destino en Huelva. Más o menos 500 personas viajaban sumando los dos convoyes. Cada cual con su historia y sus ganas de llegar, su motivo, su proyecto, su oposición a lo que sea, su siesta a cabezadas, la música del móvil, un libro, un perro al que dar calma dentro de un transportín apoyado en las rodillas. Lo normal, lo de siempre. Lo de todos los días en todos los trenes del mundo. Ir, venir, pasar el rato, pensar, hablar con alguien.
Cuando estás en un vagón de larga distancia, entre raíles, parece que sólo se altera el paisaje. Pero la vida es loba y nunca sabes. Veinte segundos, exactamente 20 segundos para emborronar cientos de existencias y talar de golpe 40, para dejar en suspenso la alegría, el amor, los proyectos, los fracasos también, los secretos, el "mañana al fin nos vemos", lo que sea. Veinte segundos después de un extraño zarandeo de vagones. Veinte segundos para descarrilar e impactar. Y ya todo es grito, hierros, catenarias relampagueando, el silencio de los que ya no hablan, la agonía de los que aún no saben, la angustia de los que se dan cuenta. Dos trenes con su mercancía tan delicada hecha de mujeres, de niños, de hombres que quizá no se conocen y algunos de repente mueren juntos bajo el estruendo inmediato, espantoso. Porque la vida ocurre en segundos, no exactamente en décadas o en años. La vida sucede así, a una velocidad que no sabemos mientras abrimos despacio el sobre del azúcar, mientras alguien pasa lenta la página de un libro, mientras contesta un WhatsApp y aguarda la respuesta. Veinte segundos después de ver tu rostro reflejado en la ventanilla, pues la oscuridad hace espejo en el cristal, lo que era viaje es miedo en vilo, llanto y esquirlas, sangre y traviesas, gritos, gritos, gritos.
Veinte segundos para la puntualidad del desastre. Veinte segundos para romper en mil fragmentos el orden de las cosas. Eran las 19.40 del domingo. Veinte segundos y el paisaje aquel de hace un rato, cuando la tarde escapaba por fuera, es ahora el suelo y el cielo de los trenes asolados. Veinte segundos entre la cadencia del vagón aún intacto y el vértigo de los viajeros escapando sin saber muy bien por dónde ni hacia qué, ni quién vendrá a buscarlos, ni cuándo y si vendrán. Pero en este país sucede a veces que la gente no falla. De los pueblos de al lado llegaron a dar cobertura, cobijo, manta, casa y agua. A dispensar consuelo. No a olisquear el drama, sino a poner los brazos para quien los necesitara. Muy lejos queda (por fortuna) esta verdad humana, arterial, de la basura que pronto inundó las redes sociales, fosa séptica de este tiempo, cuando los primeros mohicanos de la estulticia lanzaron su detritus para incordiar. (Pienso, cómo no, en el patriota Santiago Abascal, empresario en jefe de Vox).
Sabremos qué sucedió y eso aliviará levemente, pero para cientos de familias quedará en Adamuz un andén perdido. Aquel por el que nunca volverán a pasar quienes se quedaron definitivamente en ese espacio donde crece al hilo del camino el tomillo, la jara o la coscoja; en esa ribera de arces, de chopos y nogales. Tantas familias que esperaban en las estaciones ya sin nada que esperar. Tantos planes varados en un lugar de paso entre dos trenes, esos puntos ciegos donde nadie imaginó que iba a dejar encadenada su memoria, encadenado su duelo.
En las imágenes que distribuyen las televisiones no se oye nada. Ni una voz, ni un socorro, ni un lamento. Ves a profesionales de los servicios de emergencia, dotaciones de Guardia Civil, ambulancias, el trajín de los bomberos... La realidad insonorizada, como si la herida, el terror y la muerte no sonasen. Y, sin embargo, imaginas la cristalería de voces, el crujir de los metales, el tamtam agónico del martillo contra las ventanas, el deambular asustado de la gente arrastrando los pies sobre el balastro y sorteando las traviesas descompuestas. El desconcierto de los heridos al pedir auxilio. Los móviles que pitan en todas direcciones, también los imaginas. El desastre es gigantesco. Y el dolor. Y el miedo. Y la rabia aún sin por qué. Es todo tan extraño.
Veinte segundos bastan para precintar vidas y horizontes. Veinte segundos en que la suerte o la calamidad toca a unos o a otros. Veinte segundos para la toda la vida, vidas dañadas como no lo estaban el domingo a mediodía. En los espacios habilitados para informar de los desaparecidos quedan personas esperando señales de los suyos. Hace un rato llegaron las grúas grandes al fondo del talud donde tres vagones esconden amarga noticia de lo peor. Veinte segundos pasaron a toda prisa y el tiempo, de golpe, no tuvo tiempo.

