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¡Quia!

Sobre la formación de los soldadores de vía férrea

Algunos accidentes no pueden tener una reconstrucción causal completa. Se sabe lo que pasó, pero solo se sabe parcialmente cómo pasó

Vista del accidente de trenes cerca de Adamuz (Córdoba).
Vista del accidente de trenes cerca de Adamuz (Córdoba).Guardia CivilEFE
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A esta hora las webs noticiosas rebosan de historias sobre el que felizmente perdió el tren en el último momento y el que desgraciadamente llegó por los pelos. Szymborska, especialista en decisiones, hizo un gran poema con estos estribos: Podría haber. «Te salvaste porque fuiste el primero. / Te salvaste porque fuiste el último. / Solo. Con otros. / A la derecha. A la izquierda. / Porque llovía. Porque había sombra. / Porque el día era soleado». Los relatos sobre el que no subió o el que se bajó tienen un éxito inmediato en los días de dramas terribles. Una razón superficial puede que sea la triste paradoja. El que no llega al tren golpea al aire y grita en el desolado andén la calamidad en que cree. El que ha corrido y coge el tren en marcha y baila feliz con su corazón boom boom no sabe que su hazaña lo lleva hacia la muerte. Hay otra razón más profunda del éxito de los relatos: la ilusión del libre albedrío. La arraigada creencia —que como la de dios todavía espera del creyente la carga de la prueba— de que, dado un determinado instante molecular del mundo, los hechos pudieron ser distintos a los que fueron. De que subiera al tren el que no llegó. De que llegando a Adamuz, como quien dice, un tren aceptara sumiso el axioma euclidiano de que las vías paralelas no se cortan jamás.

Ya habrá aparecido en las webs o estará a punto, o con suerte habrá que esperar a mañana en los meditados periódicos, la frase costumbrista: «El accidente pudo evitarse». No, por supuesto. De ninguna manera. El accidente no pudo evitarse. Por el instante molecular del mundo. La frase es subsidiaria de la fijación de las causas y de la atribución de culpabilidades, a las que el periodismo dedica siempre lo mejor de sí mismo. Las causas, obviamente, existen. La cuestión palpitante, dado que toda causa está causada, es dónde detener la exploración y señalar al culpable. A nadie le quepa duda de que si la prensa socialdemócrata pudiera llegar hasta Mariano Rajoy y su incomprensible política de abreviar la formación de los soldadores de vía férrea, la prensa socialdemócrata llegaría. Pero ante las exigencias, tantas veces perturbadas, del periodismo, conviene una cierta modestia epistémica. Para asumir, en el primer y más elemental escalón, que las causas necesitan tiempo para desvelarse. Pero, sobre todo, para entender dos complejidades desafiantes. Algunos accidentes no pueden tener una reconstrucción causal completa. Se sabe lo que pasó, pero solo se sabe parcialmente cómo pasó. Y puede también que algunas causas desborden el marco conceptual con el que entendemos el mundo. Ningún soplo metafísico, desde luego. Solo que aún no se ha diseñado la teoría necesaria para captar algunas causas. Algo así como lo que pasaba con los contagios antes del descubrimiento de los gérmenes.

También los muertos quieren piedad para los vivos.