COLUMNISTAS
Bajad las armas

Ojalá esta imagen sea real, porque su lucha claro que lo es

Sabemos que hay una mujer en Irán que espera con la melena suelta que vengan a detenerla. Una mujer que lleva 47 años muerta, desde que los ayatolás derrocaron al Sha para extender su moral de chimpancés

Esta imagen, cuya veracidad no está acreditada, se ha viralizado en las redes sociales. Simboliza el hartazgo de la sociedad iraní.
Esta imagen, cuya veracidad no está acreditada, se ha viralizado en las redes sociales. Simboliza el hartazgo de la sociedad iraní.
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La imagen que ve usted encima de estas líneas parece demasiado hermosa par ser veraz. Una mujer joven, rabiosamente atractiva, respondiendo al fuego de la represión con la lumbre de la irreverencia: la efigie del tirano se consume mientras prende el libérrimo cigarro. La tiranía se apaga a medida que el placer se enciende: el futuro naciendo de las cenizas del pasado. El machismo teocrático muriendo en las llamas del placer femenino. No cabe mayor desafío a un régimen demasiado triste para ser considerado siquiera medieval.

Pero ahora que la IA ha matado la fe en el valor documental de la fotografía, ningún periódico serio se atreverá a publicar esta imagen sin avisar al mismo tiempo de que puede ser un montaje. Dado que el régimen ha capado internet y persigue a los periodistas como a dibujantes de Charlie Hebdo, no nos ha sido posible acreditar la realidad de esa mujer, de ese cigarro, de esa melena aireada por los vientos de cambio de Teherán. Y avisarlo es pertinente no solo por respeto al lector: también para conducirlo a una reflexión acerca de los peligros de la belleza revolucionaria. De Delacroix a Riefenstahl, estamos sobradamente advertidos del riesgo de la estetización de la política. La realidad nunca es tan poética como la propaganda, y hay que recelar de los iconos incluso cuando sirven a la causa adecuada. Ya advirtió Nietzsche de que necesitamos el arte para no morir de un exceso de verdad, pero no debiéramos necesitar el atractivo insurgente de esta joven persa para validar la justicia de la lucha que representa.

Porque si a pesar de su viralización -o precisamente por ella- la imagen que ilustra este folio no está contrastada, lo están suficientemente los hechos. Sabemos que hay una mujer en Irán que en estos momentos espera con la melena suelta que vengan a detenerla. Una mujer mayor o una mujer joven, da lo mismo: una mujer harta. Una mujer que lleva 47 años muerta, exactamente desde que los ayatolás derrocaron al Sha para extender su

moral de chimpancés encerrados con un solo libro. Una mujer harta de que le impongan un trapo en el occipucio para no ir provocando a los machistas estructurales que se aferran a la interpretación rigorista del Corán para espantar su miedo a la igualdad y a la libertad. La agorafobia del prisionero voluntario, apegado a la medida de su cubil.

Los que nunca hemos tenido que saber lo que se siente cuando se siente que no se puede más, los que tuvimos la fortuna de nacer en una democracia occidental heredera de siglos de lucha por el humanismo, miramos fascinados estos días las imágenes de las bravas mujeres iraníes ofreciendo el cuerpo a las porras de la policía de la moral que golpeó a Mahsa Amini hasta matarla por llevar mal puesto el velo. Esto es poner el cuerpo, Irene: explícaselo a Pablo ahora que ya factura por sí mismo y no a través de la televisión iraní.

Y es verdad que no debiéramos exigirle al feminismo de aquí el grado de heroísmo del feminismo de allí. Pero merece la pena recordárselo a quienes han hecho de la causa justa de la igualdad un frívolo negocio: hubo un tiempo en que la condición feminista comportaba un castigo seguro y no un premio garantizado, y ese tiempo todavía se da en otros espacios. En espacios que fueron cuna de la civilización, y que perdieron el compás de la historia por culpa precisamente de la caída en el fanatismo.

El año en que yo nací Siniestro Total cantaba: "Solo vine a comprar pan / y me enseñasteis el Corán". Sabias palabras: toda revolución exitosa (también la francesa) requiere la premisa del malestar económico. Esta ola contestataria que amenaza la continuidad del régimen nació en el gran bazar de Teherán, donde los comerciantes perdieron la paciencia por el alza de las precios. La inflación se ha disparado por encima del 70%, pero Jamenei se ha cuidado mucho de espetarles a sus súbditos -como dicen que dijo (y nunca dijo) María Antonieta- que a falta de pan coman pasteles. Y a falta de agua beban suras coránicas. Tampoco le hace falta: según The Times ya tiene planes de exilio en Moscú, patria indefectible de todos los totalitarios.

He aquí que al hambre y la sed de pan y agua se le ha sumado el hambre y la sed de igualdad y libertad. Ojalá esa necesidad del espíritu, más abrasadora que la del cuerpo, no se apague ya hasta que sea saciada.