NO HAY nada nuevo. Pero los representantes a la izquierda de lo que se llamó la nueva política blanquearon al régimen que anunció ayer en Venezuela la liberación de algunos presos políticos. Había personas abducidas porque sí mientras aquí hablaban de regeneración y todo eso a una población enganchada a sus delirios en un momento de debilidad colectiva. Decían que estaban iluminados por las esencias teóricas de la politología. Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero, los tres efebos de la revolución bolivariana, iban puestos de comunión espiritual con Chávez. Dieron legitimidad, con menos silencios de los que recuerdan, a la aplicación peligrosa del socialismo. Toda la retórica cursi acerca del final del sistema escondía una pulsión rehabilitadora perversa. A decir verdad es mucho decir. A pesar de la fijación por el fiambre que fue Chávez hasta el bombardeo de su mausoleo, cuando las ideas necesitaron ser sostenidas por hechos, Pablo Iglesias optó por fundar una familia numerosa en un chalé a las afueras, por lo que habría sido una quimera verlo convertido en todo un Largo Caballero.
Los tres pasearon los milagros del chavismo ante cualquier oportunidad de condena. Venezuela era la arcadia prometida, algo así como el paraíso en la Tierra, una oportunidad de conquistar el Caribe a través de la justicia social o yo qué sé. En fin. Que Errejón llegó a aclarar que en Venezuela se come tres veces al día por tratar de apaciguar a los críticos. La maniobra de exportación del modelo a este rincón acabó en cuanto amasaron una pequeña fortuna. El furor juvenil dio paso a un cinismo propio de cuarentones y todos acabaron, más o menos, refugiados en zonas libres de responsabilidades. A salvo de sus propias revoluciones, sin embargo, continuaron dando lecciones. Aportando mucho texto a la opinión pública sobre las bondades, esta vez, de Maduro. La manera más segura de negar la evidencia: sí había presos políticos. Poco a poco irán confirmándose las torturas y al final se verbalizará de una manera natural la palabra dictadura y acabará, por fin, este viaje.
De la nueva política, a diferencia de nuestra Transición, no habrá ninguna leyenda que cantar. Aquel momento, tan denostado por el club de debate de la Complutense, tuvo grandeza. Lo contrario a su experimento: universitarios pagados de sí mismos echando una partida de Risk en los platós. Ya es hora de desmontar para siempre el cuento tan bien contado de Pablo Iglesias y los mesías de la democracia. Eran chavistas y punto.

