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Próxima estación: Groenlandia

Más preocupante que las baladronadas de Trump es el lenguaje apaciguador de muchas cancillerías europeas, que siguen sin entender que los matones se crecen en la debilidad de sus víctimas

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.Evan VucciAP
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Poco después de concluir la captura de Nicolás Maduro, el presidente Trump, envalentonado, ha puesto sobre la mesa la anexión de Groenlandia. Trump considera que una ampliación del territorio de EEUU le concedería un lugar privilegiado en los libros de historia y, quién sabe, incluso una codiciada escultura en el Monte Rushmore junto con otros grandes como George Washington, primer presidente de Estados Unidos y figura central de la independencia; Thomas Jefferson, tercer presidente y principal redactor de la Declaración de Independencia; Abraham Lincoln; y Theodore Roosevelt.

De Trump importa menos el calendario -ha dicho que en «20 días» tendremos novedades- que el hecho de que esa anexión está lejos de ser un farol. Como siempre con Trump, las razones formales -la preocupación por la seguridad del Ártico- no son reales, ya que EEUU ya tiene una base militar en Groenlandia precisamente dedicada a mantener a Rusia y China a distancia. Pero en el Washington D.C. de hoy, los deseos del monarca, por caprichosos que sean, son órdenes para sus siervos, así que la maquinaria capitalina se ha puesto en marcha para satisfacer a Trump. Las opciones van desde una anexión por la fuerza pura y dura hasta la firma de un tratado de asociación entre EEUU y Groenlandia.

La primera opción sería la más factible, dada la inexistente capacidad danesa de resistirse militarmente. La segunda concedería legitimidad a la operación, pero requeriría la aquiescencia de los groenlandeses, que según las encuestas no parecen muy dispuestos a cambiar el sistema de salud danés por el estadounidense. Lo que nos lleva a la primera opción.

Más preocupante que las baladronadas de Trump es el lenguaje apaciguador de muchas cancillerías europeas, que siguen sin entender que los matones se crecen en la debilidad de sus víctimas. Por ello es imprescindible que los Estados de la UE y el resto de miembros de la OTAN hagan saber claramente a Trump que la anexión de Groenlandia sería un acto hostil que rompería la relación transatlántica y que conllevaría no solo sanciones comerciales masivas, sino la invitación automática a retirar sus fuerzas militares del territorio europeo. Una anexión no respondida de forma contundente destruiría la OTAN y, también, la UE. Disuadirla desde ya con firmeza es imprescindible.