Ojalá pudiéramos detenernos en la felicidad pura del venezolano medio, del caraqueño oprimido y del madrileño de acogida. Ojalá quedarnos a vivir en sus lágrimas de incredulidad, fluido sagrado de la historia, pequeño río de libertad bajando por millones de pómulos morenos después de tres décadas de tiranía. Pero nadie se baña dos veces en el mismo río, tampoco en el justísimo llanto de quien ve a su verdugo esposado al fin, reducido a la ceguera y al silencio, privado para siempre de su insoportable galleo retórico, en expectativa de una lenta pudrición carcelaria. El anhelado castigo del castigador justifica sobradamente unas horas de euforia, pero no demasiadas si la obra del tirano permanece intacta.
No se trataba de derrocar a Maduro sino de liberar a un pueblo. Y nos tememos que Trump no da la talla de libertador. Ojalá termine dándola, aunque sea por las razones equivocadas: por el petróleo y no por la democracia. Pero que a Delcy le pillara la operación en Moscú no parece casualidad. Tampoco que el hipertrofiado ejército bolivariano no ofreciera apenas resistencia. No hay que ser Kissinger para sospechar aquí un pacto geopolítico con Delcy de mucama traicionera: una suerte de nuevo tratado de Tordesillas por el que Estados Unidos y Rusia se reparten sus respectivos hemisferios de influencia, con la notable diferencia de que Trump (pese a las cómicas fantasías de nuestras trumpettes) no experimenta por desgracia los desvelos humanitarios de Isabel la Católica. De modo que América para Donald, de Groenlandia a Tierra de Fuego; y Europa del Este para Vladimir. Y las ojivas vigilando el negocio.
Churchill describió un telón de acero desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático. De momento Putin no se atreve a soñar tanto, pero Zelenski tiene motivos para sentirse más preocupado hoy que antes de la intervención en Venezuela. También Díez-Canel pondrá sus barbas a remojar, y cuando caiga el comunismo huérfano de crudo el son de los cubanos resonará cordialmente en cada demócrata. Pero destruir dictaduras no es tan fácil como construir democracias: en el ínterin prospera la mafia, como bien supo Yeltsin.
El derecho internacional ha durado lo que el recuerdo de las guerras mundiales. Todorov tenía razón: el siglo XXI se parecerá al XIX. Y lo peor del XIX no fue el colonialismo venal ni el imperialismo cruel: lo peor es que desembocó en el XX.

