Quizá sea una irresponsabilidad difundir este dato el día de la cena de Nochebuena, pero encargar un asesinato en España cuesta solo 1.700 euros. Al parecer el sicariato latino está tirando los precios y ofrece sus servicios por cantidades verdaderamente irrisorias. Bagatelas para una masacre, que diría Céline. Lo que ya no sé es si la tarifa aumenta en función del método escogido, porque un estrangulamiento por el procedimiento del mataleón lleva menos trabajo que la disolución en ácido, estilo narco. Y seguramente habremos de pagar el extra siciliano si queremos que todo parezca un accidente. Otra ventaja del sector es que no trabaja con IVA: dejar a alguien listo de papeles ahorra un considerable papeleo.
Al leer la noticia un tuitero sagaz extrajo una conclusión no exenta de melancolía: en Madrid pronto saldrá más barato liquidar a tu casero que abonarle el alquiler. Y si unimos ambos delitos, el asesinato y la morosidad, nos explicaremos más fácilmente que el Gobierno haya pactado con Bildu prorrogar por séptimo año consecutivo la prohibición de desahuciar al inquilino vulnerable (es decir, cualquiera) que se niegue a pagar el alquiler. Hay que reconocer que los de Otegi son una autoridad en la materia: ellos desahuciaban por la vía rápida a los que se negaban a pagar el impuesto revolucionario por el hecho de vivir en Euskadi.
William Munny, el vengador de Sin perdón, tasó el valor exacto de la vida humana en una memorable línea de diálogo: "Matar a un hombre es algo muy duro. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría tener". Pero el futuro de un hombre ya no es lo que era. De hecho el crimen por encargo es de los pocos productos que se han abaratado este año. Pedro avista cohetes, pero la única parábola que ve el españolito es la que describe la inflación. Solo se me ocurre otra mercancía que se haya depreciado en los últimos meses: la carne de jabalí en Cerdanyola del Vallès.
De modo que si en estas fechas tan señaladas se cruza usted con un sicario y no se le ocurre ningún encargo que hacerle, al menos siéntelo a la mesa. Él también es vulnerable: a la dureza de la competencia se le añade un plus de peligrosidad laboral, y no está aforado. Por lo demás, tampoco hace falta revelar su profesión a la familia. A no ser, claro, que le dé por ponerse realmente molesto a su cuñado.

