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El último escaño

No hacer nada en inmigración es insostenible

Los inmigrantes desalojados de Badalona
Los inmigrantes desalojados de BadalonaFoto: VICTORIA ROVIRAAraba
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Una de las grandes estafas intelectuales del sanchismo, seguramente su peor y más dañina corrupción, es la cacareada relevancia internacional del líder socialista. Cuando, en realidad y lamentablemente, Pedro Sánchez ni estuvo ni se le espera en los principales cónclaves para tratar las dos cuestiones en las que la Unión Europea se juega su continuidad: la respuesta a la amenaza rusa y la gestión de los flujos migratorios.

Dos carpetas calientes que están estrechamente relacionadas, ya que Putin y su constelación de aliados y simpatizantes -desde Orban hasta Trump, junto a la nueva extrema derecha que se camufla como «patriótica»- utilizan las tensiones políticas y sociales de la inmigración como parte de su guerra híbrida para debilitar a Europa y propagar el mensaje de que es un proyecto fallido.

La ausencia de Sánchez en estos foros -al último, organizado por Meloni sobre inmigración, acudieron dirigentes de 15 países europeos, entre ellos Dinamarca, Holanda, Austria, Alemania y Grecia- tiene efectos directos para la sociedad española: la aleja de dos cuestiones que decidirán su futuro, dificultando que esté bien informada y pueda asumir su responsabilidad; y, en el caso concreto de la inmigración, bloquea el debate sobre qué modelo quiere adoptar.

El controvertido desalojo esta semana en Badalona de un antiguo instituto ocupado desde hacía dos años por 400 inmigrantes ilegales, con el Gobierno y la izquierda acusando de «fascista» al alcalde Albiol y la derecha reprochando el perjudicial «buenismo» de la progresía, muestra las consecuencias de esa falta de modelo.

Así, mientras los partidos sacan tajada electoral con el choque político al contentar a sus respectivas parroquias, los 400 inmigrantes ilegales desalojados van a seguir en las calles de Badalona. No desaparecerán, como tampoco lo harán los miles de inmigrantes, en su mayoría jóvenes y de origen africano, que malviven a la intemperie en otras ciudades españolas.

Una realidad que preferimos seguir ignorando, pero que es insostenible en el tiempo. No hacer nada condena a estos inmigrantes a una larga vida de marginalidad o criminalidad, con las graves derivadas políticas y sociales que esto tiene. Por tanto, una sociedad madura no tardaría en debatir, consensuar y decidir si quiere: 1) integrar a la mayoría de estos extranjeros, regularizando su situación y tutelándolos, lo que exige destinar importantes recursos humanos y económicos; o 2) asumir una política de tolerancia cero con la inmigración ilegal y expulsarla del país.

Dos políticas legítimas, pero que sólo se pueden aplicar desde un pacto de Estado entre adultos.