PANÓPTICO
No he querido saber, pero he sabido que la pasada primavera Mayeli, nacida en Ecuador, criada en Valencia y afincada en Madrid, se sometió a una lipotransferencia desde la zona abdominal hasta los glúteos. Sé también que en el último episodio de La isla de las tentaciones un hombrecillo de pelo depurado a lo brócoli la irritó tanto que acabó por lanzarle el líquido de un vaso y, a continuación, el vaso mismísimo. Conozco, porque lo vi con la boca medio abierta y los ojos, digo yo, vacíos, que unos segundos antes de que perdiera el control de sus nervios y el berrinche la impulsara a estirar y contraer el bíceps, que, en el réspice previo, Mayeli, de 27 años, comercial de currículum y estrella digital de vocación, soltó uno de los más bellos insultos pronunciados a lo largo de la última década en la televisión abierta: pa-pa-na-tas.
A la veinteañera la han expulsado de ese programa trastornadísimo y genial. La violencia, aunque sea líquida, no se tolera en los realities de Mediaset. Han dejado ir, incautos, a la única persona capaz de pronunciar una palabra tetrasílaba. Ha abandonado su cárcel de humedad tropical, camisas de lino baratas, crop-tops fluorescentes y aceite corporal con purpurina.
La exabadesa de Belorado ha entrado en la suya. La acusan de apropiación indebida y alguna ordinariez más. Koldo, cuenta, no puede conciliar el sueño porque los ronquidos de Ábalos, con quien comparte celda, le martillean los oídos. No he querido sentir, pero he sentido algo parecido al FOMO. Se va a perder una la versión española de El profesor, la película de Giuseppe Tornatore sobre Raffaele Cutolo, el preso que, encarcelado, reconstruyó la camorra. Se recomienda una toma partida: dura 171 minutos.
PLAN DE VIDA
El retorno del servicio militar voluntario a Francia también da un poco de envidilla. Diez mesecitos con techo y comida asegurados mientras, además, se perciben unos mil euros cada 30 días. Casi un año haciendo ejercicio con un entrenador personal y atentísimo, entre jovenzuelos pares, sin tener que decidir qué ropitas ponerse cada mañana. Un campamento pagado.
El adolescente que lo desdeñe puede ponerse la medalla al mérito de la zoquetería. Tendrá que pagar lo que Michael Green, jefe de estrategia de Simplify, fondo de inversiones estadounidense, llama el coste de participación laboral: un móvil caro para poder mantenerse conectado al correo y atender videollamadas, un alquiler disparatado para poder trabajar donde hay empleo.
Al menos en la mili alcanzarán un sentido de comunidad. Más fuerte, siempre, que el que evoca una manifestación un domingo por la mañana, previa frivolizada del aperitivo. Para mozalbetes indecisos, con una taza de tila, The Architect, en Filmin.

