El periodismo ha entrado en Zarzuela como un vendaval sin que la Monarquía llegue a permear en el periodismo. Tanto da que la Reina de España fuera presentadora del Telediario, o que en fechas recientes hayan llegado a la Casa una experimentada profesional de la información pura y dura en televisión como nueva jefa de Comunicación, y otra avezada corresponsal al frente de la Secretaría de Doña Letizia, que suceden cosas tan extravagantes como que no se difunda una sola instantánea de la comida por los 50 años de reinstauración de la Monarquía en España. Sandeces veredes. ¿Se han olvidado ya la Consorte, Lerchundi y Carazo de aquello de McLuhan que a todos los plumillas nos enseñaban el primer día de facultad de que el medio es el mensaje? Poco o nada ayuda a la institución actuar a cada momento como si tuviera que pedir perdón por existir y exhibir el sonrojo del chiquillo al que pillan en un renuncio.
Lo de esconder la cabeza como el avestruz es un sinsentido. A nadie se le escapa que era un marrón para Zarzuela el diseño de unos actos mínimamente a la altura para conmemorar medio siglo de Monarquía. Y no porque la Corona no pueda presumir de logros en este tiempo. Antes al contrario. Motivos de peso no le faltan para festejar lo que viene representando en la arquitectura institucional de nuestro sistema democrático. Y, con todo, cuando lo que tienes delante es un Gobierno deseoso de pasar de puntillas por la efemérides -la parte más a la izquierda directamente se borró de los actos oficiales porque así es nuestra España bananera-, una pluralidad de partidos del arco parlamentario desde la extrema izquierda a la derecha más ultramontana instalados en el boicot, y un ex jefe de Estado expatriado en la satrapía de Abu Dabi para no regularizar dineros y dedicado a escribir libros a lo Preysler para poner a la actual Consorte pingando, naturalmente que salir airoso del trance son ganancias que a ver quién arrienda.
Pero, dicho todo eso, si se toma la decisión de organizar un banquete con toda la familia en extenso para brindar por medio siglo de servicio a los españoles, no se haga por amor de Dios como si fuera algún delito. Una imagen de tal valor informativo y ya no digamos histórico no cabe birlársela no ya a los voraces medios de comunicación sino a los ciudadanos.
La peregrina excusa de que la comida era un acontecimiento estrictamente privado no sirve ni como engañabobos. Primero, porque anda que una institución como la Corona no se nutre, comunicativamente hablando, de eventos de naturaleza íntima. Si todo fuera la grisura habitual de los institucionales, buena imagen iba a irradiar ésta o cualquier otra familia real. Pero, más allá, por el sinsentido de darle semejante carácter a un almuerzo publicitado desde hace semanas, que se organiza nada menos que en el Palacio Real de El Pardo -en vez de en la discreta e inexpugnable Zarzuela- y que atrae a un enjambre de periodistas para disparar los flashes sobre los coches y rellenen horas de televisión con coberturas en directo. De nuevo se pregunta uno qué pensarían Letizia, Lerchundi y Carazo.
Igual que pasó hace dos años cuando la jura de la Constitución de la Princesa Leonor, lo único que se pretende es evitar la difusión de una imagen del núcleo duro de la familia, en especial de la Heredera, con el Emérito. Lo del avestruz, vamos. Si se hace el convite y se le invita, menos escrúpulos. Y si se considera que Juan Carlos I contamina lo que toca, actúese con toda la consecuencia. Así, al final, desde la institución ni se maneja la comunicación ni se está a la altura de las circunstancias históricas. Y sólo se da pábulo a la más dañina rumorología, que, como siempre, sólo salpica, por cierto, a la periodista que hoy comparte el trono.

