Aunque nadie sabe lo que piensa un hombre, cabe suponer que la efeméride del pasado jueves -medio siglo desde la muerte del dictador- no transcurrió como a Sánchez le hubiera gustado. En lugar de una bombástica conmemoración llamada a alimentar la nostalgia del franquismo con propósitos electorales, los españoles tuvieron noticia de la condena del Fiscal General del Estado por un delito de revelación de secretos. Según parece, el oficialismo está perplejo: ¡lo condenan sin pruebas! A la espera de leer la sentencia, la ironía es patente: quienes se pasan el día denunciando la toxicidad de las redes sociales han sido los primeros en crear una cámara de eco en la que se daba por hecha la absolución del acusado. De ahí que la reacción al fallo esté siendo la propia de un país bananero: ataques a la independencia del poder judicial y llamamientos a defender la «soberanía popular». Ya lo dijo, memorablemente, el propio Fiscal General del Estado: hay que ganar el relato.
Sea cual sea el valor indiciario que los jueces hayan atribuido a esa frase, que García Ortiz profirió cuando trataba de sacar la crucial nota de prensa sobre García Amador, conviene detenerse en ella; lo dice casi todo. Porque hablamos de un Fiscal General del Estado que usa los medios propios de la institución que dirige para hacer triunfar el relato del Gobierno que lo nombró: una autoridad estatal que hace política partidista a costa de un particular. Por algo se está repetiendo aquella chulería de Sánchez sobre la sujeción de la Fiscalía al Gobierno; si yo lo nombro, pensará nuestro jefe de gobierno, yo le mando. ¡El puto amo! Basta echar un vistazo al Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal para comprobar que no es así: el Ministerio Fiscal tiene autonomía funcional y debe regirse por los principios de legalidad e imparcialidad. Si no lo hace, algo va mal; empezando por la ética profesional de unos servidores públicos que se pliegan, aplausos mediante, a las presiones de la dirigencia.
Pero no hay mal que por bien no venga: la coincidencia del aniversario franquista y la condena de García Ortiz sugiere que la siniestra dictadura nacionalcatólica dejó en la sociedad española una huella que acaso no esté donde solemos buscarla. Caudillismo y devoción al amo, identificación de partido y Estado, rechazo de la cultura liberal, paternalismo estatal, uso propagandístico de los medios de comunicación, distinción entre españoles buenos y malos, moralismo censor: el caso es que me suena.

