Hoy se cumplen 50 años de la muerte de Franco y el sector más pueril de la izquierda española sigue persiguiendo su sombra. Los nacidos en los 80 y 90 no le perdonan que muriera antes de que pudieran derrocarlo. A veces da la impresión de que lo que más les enfurece del franquismo no es la represión, sino que fueran los mismos franquistas quienes decidieran cuándo detenerla.
Les resulta inaceptable asumir que el primer paso hacia la democracia no lo impulsara un alzamiento popular, sino una votación de las propias Cortes franquistas. ¿Cómo encajar que fueran aquellos hombres, cuyas carreras se habían forjado bajo el águila del Movimiento, quienes firmaron su disolución? Para este sector infantil de la izquierda, cada vez más hegemónico, no es sencillo. Quieren su fiesta de liberación y su bella ciao. Para el alma adolescente, la reconciliación, por noble que sea, es un mito fundacional descafeinado, sobre todo porque la reconciliación impide el monopolio de la virtud.
Es cierto que el franquismo privó a los españoles, primero, de su libertad y después de la posibilidad de recuperarla con heroicidad bélica. Pero la grandeza de la transición fue precisamente su renuncia a la catarsis, su convicción de que hay más heroicidad en la voluntad de entenderse que en el deseo de vencer. La reconciliación tenía, además, la virtud incomparable de hacer justicia a lo que la mayoría de españoles eran y siguen siendo: mestizos políticos, hijos de todos los rincones de su historia.
El problema del antifranquismo es que ha desbordado sus coordenadas y se ha convertido en la única fuente de capital simbólico de la izquierda española. Pero una izquierda moderna no puede limitarse a una dieta de Franco, guerra civil, brigadas internacionales y Lorca, grandioso poeta, convertido en mascota moral. Estas referencias satisfarán a los editores de The Guardian, que adoran los mitos ibéricos desde la superioridad moral y la ignorancia. Pero un movimiento político serio no puede vivir de clichés y admiradores insolventes. Es hora de que los adultos recuperen el mando en la izquierda, asuman cómo terminó el franquismo y abracen el mérito que tuvo la izquierda de entonces -en la que muchos seguimos reconociéndonos- al aprovechar, sin rencor, una oportunidad histórica de concordia democrática. Es necesario que la izquierda busque su legitimidad en aquella hazaña, así como en el futuro que está por venir, y no en el pasado que nunca ocurrirá.

