Lo explica bien Darnton en El temperamento revolucionario. El clima de opinión -los panfletos sobre la lujuria de la reina, el mangoneo del rey, las perversiones de la corte- tuvo más peso en que estallara la Revolución francesa y en que Luis XVI y María Antonieta acabaran en el patíbulo (con la princesa de Lamballe mutilada y su sexo exhibido a modo de bigote por los revolucionarios) que la Ilustración.
El sábado publicamos una entrevista con Elzo Gavazzeni, el periodista que ha sacado a la luz los safaris humanos de Sarajevo: «Había españoles ricos y relevantes en los safaris humanos de Sarajevo». Y muchos pensaron en el Rey Juan Carlos, aunque hubiera sido más lógico retrotraerse a otros poderosos que hicieron fortuna sin condenar regímenes asesinos o recogiendo las nueces del árbol que agitaban los terroristas.
No sé en qué quedarán los safaris; si será una de esas ficciones que, como la trama del robo de bebés del franquismo, acabaron desmentidas por la ciencia. Lo evidente es que el Rey Juan Carlos ha quedado como un espantajo de la opinión pública. Estamos dispuestos a creer lo peor aunque sea descabellado. Es como cuando, con razón, se enfadan los gays si la ultraderecha más macabra liga homosexualidad y pedofilia, o transexualidad y tiroteos en institutos. Ahora parece que un cazador de elefantes que le pone los cuernos a su mujer es capaz de matar humanos. Desafortunadamente, conozco a más ricos y poderosos retrasados que a ricos malos. La incompetencia es más común que la maldad.
En este clima de opinión encanallado llega Reconciliación, las memorias del Rey Juan Carlos con Laurence Debray. Están muy bien: son entretenidas y cuentan cosas que la gente ha olvidado o no sabe. ¿Debería haberlas escrito? Me parece que no, porque, como le aconsejó su padre, un rey no debe escribir sus memorias. Nunca supimos de boca de Don Juan lo jodido que estuvo por haber quedado relegado como rey. (Aunque en el libro hay muchos detalles impagables de esa relación, como los desayunos de los domingos).
Dice Don Juan Carlos que para mantenerse lo que hace es seguir un consejo que le dio Clint Eastwood, que es no dejar entrar al viejo en su vida. En este caso, le ha abierto las puertas de par en par. En eso hay que enmarcar las memorias: en la necesidad de reivindicarse en tiempos asquerosos.Lo que al final subyace es que en otras circunstancias no habría sentido la necesidad de escribir un libro como este.

