Quizá el mayor enigma de la humanidad no sea el futuro -que, en cualquier caso, depende de nosotros- sino el pasado. La tablilla de Kish, de origen sumerio, es posiblemente el texto conocido más antiguo, datado en torno al 3.200 antes de Cristo. Pero ya había ciudades en el 9.000 antes de Cristo, como la antigua Jericó (en Palestina). Tras el fin de la edad de hielo y el inicio del holoceno, hace unos 11.700 años, aparecieron sociedades lo bastante complejas para formar núcleos urbanos, de las que apenas sabemos nada.
Lo que sí es evidente es que toda civilización deja huella en los paisajes y especies que la rodean. Empezando por el perro, que fue el primer animal doméstico. Un estudio recién publicado en Science, que ha analizado 640 cráneos de cánidos de los últimos 50.000 años, ha concluido que a principios del holoceno ya existía una marcada diversidad de razas perrunas. El hallazgo sugiere que la convivencia con humanos era frecuente hace más de 11.000 años, cuando el esqueleto de los canes comenzó a adoptar distintas formas.
La cercanía entre perros y sapiens permitió sobrevivir a razas pequeñas y condicionó a los canes a adaptarse a los muy distintos entornos y formas de vida que adoptaban los humanos, hasta generar una inmensa variedad de razas. La nueva investigación desmiente así la idea de que la diversidad se inició en la era victoriana, cuando comenzaron a alterarse sus rasgos mediante cría selectiva y con criterios utilitarios o estéticos.
Como ya había subrayado la bióloga evolutiva Kathryn Lord, de la Escuela Médica Chan de Massachusetts, la domesticación rara vez ha sido el proceso controlado que imaginaron en el siglo XIX los victorianos, sino que es fruto de la adaptación de las especies a los entornos que generan las personas. Vivir en una diversidad de climas, paisajes y contextos impulsó la evolución y la diferenciación de razas milenios antes de los concursos de belleza canina.
El misterio sobre qué hacían nuestros antepasados durante todos esos milenios permanece, pero hoy sabemos algo más: vivían junto a perros, los llevaban consigo cuando migraban, y -como sugiere otro estudio también en Science- compartían toda clase de tareas, incluidas la caza o el pastoreo. Todo ello les ayudó sin duda a dejar atrás las cavernas para construir las primeras ciudades.

