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El último escaño

Aquello que une a Vox y la 'Podemia'

El discurso y la estrategia de la nueva derecha e izquierda populistas son cada vez más indistinguibles

Santiago Abascal
Santiago AbascalFoto: Zipi AragónEFE
Actualizado

Las mentiras en democracia tienen un recorrido limitado, sobre todo cuando llevas demasiado tiempo tratando a la gente por gilipollas al decirle que aquello que vive a diario, en realidad, no le está pasando. Ha hecho bien la Ertzaintza, por tanto, en publicar los datos de criminalidad en el País Vasco por nacionalidad y acabar con la patraña de que no existe un vínculo entre el aumento de la inmigración ilegal y la inseguridad: el 64% de los detenidos son extranjeros. En Barcelona alcanza el 78,6%. Dicho lo cual, también son víctimas de estos delincuentes los muchos inmigrantes que han venido a España a trabajar duro y tener una vida digna. Así que el debate de la inseguridad no debe centrarse exclusivamente en la nacionalidad, tampoco obviarlo.

Como era previsible, rubricando, una vez más, que detrás de todo cliché siempre hay un poso de verdad, la Podemia ha acusado a la policía vasca de alentar el «mensaje xenófobo». Una crítica que es interesante en tanto que exhibe la ceguera zurda respecto a su discurso: incapaces de percatarse de que son ellos los que, con su rechazo a la globalización, con su propaganda de «lo propio» y una ofensiva contra el turismo que ha derivado en un ataque a los 'expats' que «suben los precios de la vivienda», han terminado convergiendo con la nueva derecha identitaria en fomentar un clima de rechazo general al extranjero.

Igual que sucedió en la primera mitad del siglo XX , la derecha y la izquierda populistas tienen un discurso cada vez más indistinguible -el nuevo portavoz de Vox, Carlos H. Quero, está más cerca de Pablo Iglesias que de Iván Espinosa de los Monteros- en su intento de atraer el voto de la clase trabajadora y la clase media venida a menos en las periferias metropolitanas. Generación X y ex «indignados». En definitiva, aquellos que se sienten perdedores del nuevo mundo global. Una base social parecida a la que vota a Le Pen y Mélenchon en Francia, o a Trump en EEUU.

Como ha apuntado David Brooks en un reciente artículo en el New York Times, esta derecha-izquierda es antiglobalización, se inspira en Gramsci para construir una hegemonía cultural -en los medios, las redes sociales, la academia-, exhuma anticapitalismo marxista, nostalgia revolucionaria leninista, y se presenta como defensora del «pueblo» frente a las conspiraciones de una elite internacional -Soros, Rothschild, Gates...- Toda una amalgama ideológica donde se mezclan viejos resentimientos y nuevas fobias, y cuyo objetivo no es reformar la democracia, sino sustituirla y abrir la puerta a una era postliberal, postcapitalista, en la que el poder lo ostente esta híbrida izquierda-derecha.