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Rafael de Paula: elogio de la espantá

Frente a la dominación de los especialistas en huir hacia delante, de elaborar mentiras comestibles para justificar cualquier desvarío, quedaba la gracia de quitarse. Pues se acabó

Rafael de Paula corre en Las Ventas, el 3 de octubre de 1997
Rafael de Paula corre en Las Ventas, el 3 de octubre de 1997Larry Mangino
Actualizado

ESPAÑA ya fue es una expresión que ha hecho fortuna. Algunas fotos, esparcidas por las redes sociales, sirven como ojo de buey a otras épocas para los chavales enganchados a la predisposición de un algoritmo; no es tu nostalgia, es el efecto de la inyección de un relato mediante la selección aleatoria de instantes que reflejan emociones. Un experto, a sueldo de una universidad autoconsiderada prestigiosa, estará a punto de bautizar esta realidad como Realidad Nueva, o algo así. En esta realidad, a medio camino entre la ficción y la generación de contenidos, el carisma está en peligro de extinción, la espontaneidad se produce de manera fordiana en Tik Tok y las certezas, ofrecidas a paladas por las respuestas de la inteligencia artificial, se acumulan en el historial de navegación como los enfermos de síndrome de Diógenes acumulan en su salón la basura de otras familias. Los políticos, los mosquitos que acuden a esta luz oscura emitida por la tinta, levantan a diario un país paralelo donde nunca pasa nada. La administración del relato, el fentanilo de los tertulianos, sostiene el tinglado.

Ningún algoritmo lo va a contar: España ya fue hace 30 años. El 3 de octubre de 1997, en Las Ventas, Rafael de Paula emprendió la fuga a bordo de unas rodillas desguazadas. No era la primera vez. Los toros ofrecen un espacio donde Rafael de Paula decidió discurrir a veces como un héroe y otras veces como un proscrito. El montaje del mito puede tener momentos disparatados. La secuencia de la espantá -un hombre adulto en el trance de buscar refugio movido por el miedo- resulta tan exótica como ver una cabina de teléfono. Es una reacción espontánea. Genera un contenido genuino para las conversaciones. Ofrece algo interesante al transcurso, sin descanso, de la rutina de los mortales. El padecimiento de un señor vestido con el brillo de la tragedia, ante la mirada de miles de semejantes, no tiene los efectos secundarios del viaje a Namibia colocado por tu ex en el panteón de las experiencias que son las redes sociales. Ver huir a un torero resulta tranquilizador: nadie es perfecto.

Rafael de Paula es el cometa Halley del padrón. Nadie se acercará a conseguir la mezcla exacta de ingenuidad, intemperie, narcisismo, fragilidad y talento que provocó el chispazo. Y si lo hiciera, no eligiría ser torero. Y si eligiera ser torero, acabaría por despeñarse en la imitación. La muerte de Rafael de Paula extingue un poder antiquísimo. Frente a la dominación de los especialistas en huir hacia delante, de elaborar mentiras comestibles para justificar cualquier desvarío, quedaba la gracia de quitarse. Pues se acabó.