Es cruel que en país tan vivible no haya manera de encontrar vivienda. La crisis está muy diagnosticada: las grúas se pararon tras el estallido de la burbuja mientras la población crecía al ritmo acelerado de los nuevos flujos migratorios. Hoy se construye media casa por cada familia que busca una entera. Si al exceso de demanda le sumamos la crisis de oferta provocada por la inseguridad jurídica que ha extendido la regulación contraproducente de la izquierda (que desconoce las leyes del mercado, del mismo modo que la derecha desconoce las leyes de la comunicación), el resultado es el vídeo asestado por el Ministerio de Vivienda a todos los españoles que nunca serán propietarios y difícilmente lograrán ser inquilinos.
La campaña ha recibido críticas airadas. «Creo que no lo sabéis, pero gobernáis vosotros». «A ver si tenemos suerte y esta campaña la ve el Ministerio de Vivienda». Pero tan amargas reacciones ignoran que un ministerio que carece de competencias solo puede gastarse el presupuesto en propaganda. Uno de los grandes errores tácticos de Pedro ha sido nombrar ministra de Vivienda; si hubiera suprimido ese departamento le estaría resultando más fácil redirigir el cabreo transversal de los sin casa hacia las autonomías del PP. Claro que extremando ese argumento deberían desaparecer todos los ministerios de un Gobierno sin presupuestos que se ha especializado en esconderse detrás de la gestión de las autonomías cuando llega una pandemia, una dana o un incendio. Literalmente nos preside Houdini.
Yo confieso que el vídeo me ha gustado. En un anuncio no se puede entrar a vivir, es verdad, pero al menos este sirve para reconocernos en una desgracia compartida y buscar así el consuelo de los tontos. Otro no es posible con este Gobierno, que no está diseñado para construir pisos sino para anunciar que los construye. El anuncio de Isabel Rodríguez funciona como un tráiler de Poquita fe, la serie que eleva a categoría artística la costumbre nacional de reír por no llorar.
Es como si doña Isabel hubiera alcanzado el nirvana de la sabiduría, cuando el dolor de la privación ya no puede alcanzarnos porque hemos renunciado al deseo mismo de acumular, de tener, de habitar. Por eso el próximo spot de Moncloa en materia de vivienda debería rodarse directamente en Altamira, con los actores en taparrabos reunidos en torno a la hoguera donde se asa la cadera de un bisonte, esbozando una ancha sonrisa de despreocupación inmobiliaria.

